“Imaginate despertar anciano hoy en Cuba, y enterarte, por boca del mismísimo imbécil de Díaz-Canel, que todo lo que padecieras tú, tus padres, tu esposa, tus suegros, tus hijos, nietos y, tal vez, bisnietos, fue al santo botón. Es que, al final de cuentas, ese mentado socialismo… ¡no funcionaba!» – Dr. Álvaro Diez de Medina.
Hay derrotas que llegan con estruendo y otras que llegan con formularios, resoluciones administrativas y cambios regulatorios.
En Cuba, el giro económico anunciado por el gobierno parece pertenecer a esta segunda categoría.
Durante décadas, el relato oficial sostuvo que las limitaciones económicas de la isla eran el costo inevitable de un proyecto histórico que, aun con dificultades, seguía siendo superior al capitalismo.
El mercado era presentado como una concesión menor, la empresa privada como una excepción y la inversión externa como una herramienta subordinada al proyecto revolucionario.
Sin embargo, el paquete de medidas que comienza a desplegarse dibuja otra escena.
Principales medidas anunciadas por el gobierno cubano:
- Expansión del sector privado mediante ampliación de actividades habilitadas.
- Autorización para que una misma persona pueda tener más de un emprendimiento y contratar más trabajadores.
- Apertura al ingreso de bancos privados y creación de mecanismos financieros alternativos, incluido un mercado digital de divisas.
- Transformación de empresas estatales hacia formatos de sociedades mercantiles o sociedades por acciones.
- Mayor apertura a la inversión extranjera y participación económica de cubanos residentes en el exterior.
- Descentralización de decisiones económicas hacia municipios y empresas estatales.
- Reducción gradual de subsidios universales y sustitución por mecanismos focalizados de asistencia social.
- Flexibilización laboral, habilitando más modalidades de contratación, pluriempleo y trabajo remoto internacional.
- Mayor margen para que actores no estatales participen del comercio exterior y actividades vinculadas al turismo.
Tomadas en conjunto, estas medidas constituyen algo más que ajustes técnicos. Son el reconocimiento implícito de que el esquema económico vigente ya no logra sostener niveles mínimos de funcionamiento.
Naturalmente, el gobierno cubano no presenta estas medidas como una rectificación ideológica ni como una renuncia al socialismo.
El discurso oficial insiste en que el Partido Comunista mantendrá el monopolio político y que el Estado conservará el control de sectores estratégicos.
En esa lectura, el objetivo no sería abandonar el modelo sino actualizarlo.
Pero la experiencia internacional vuelve inevitable una comparación.
Cuando sistemas económicos centralizados incorporan propiedad privada, inversión externa, mecanismos de mercado y mayor autonomía empresarial para recuperar productividad y abastecimiento, el antecedente inmediato no es una transición hacia economías liberales clásicas. El espejo más citado suele ser China o Vietnam: apertura económica administrada y continuidad del control político.
Eso no elimina una pregunta incómoda.
Si durante décadas se sostuvo que determinadas herramientas económicas eran incompatibles con el proyecto revolucionario y hoy pasan a ser necesarias para evitar el deterioro, entonces el debate deja de ser únicamente económico.
También se vuelve histórico.
Porque una sociedad puede aceptar sacrificios cuando cree que conducen a una meta. Mucho más difícil es sostenerlos cuando el camino termina pareciéndose, aunque sea parcialmente, al que durante años se señaló como equivocado.
Cuba entra en una etapa nueva.
Falta saber si se trata de una reforma para preservar el sistema o del inicio de una transformación que, una vez abierta, termine produciendo cambios más profundos de los previstos.
Pablo Melgar
