La estabilidad institucional de Yamandú Orsi depende hoy menos de sus aciertos que de una circunstancia política elemental: Carolina Cosse. En esa paradoja se sostiene buena parte del actual equilibrio del oficialismo.
La sola posibilidad de un relevo presidencial, insinuada en voz baja a partir del episodio del descuento de la camioneta oficial y del deterioro de la imagen pública del mandatario, revela hasta qué punto el sistema político uruguayo continúa funcionando bajo una lógica de liderazgos personales.
Nadie en el oficialismo parece verdaderamente dispuesto a abrir una discusión sobre la continuidad presidencial. No por convicción absoluta en la gestión, sino por temor a lo que podría venir después.
Y lo que podría venir después tiene nombre y apellido. Cosse nunca logró construir dentro del Frente Amplio una red extensa de lealtades políticas. Su trayectoria exhibe gestión, disciplina técnica y centralidad mediática, pero también una notoria dificultad para generar consensos.
La experiencia del ANTEL Arena fue ilustrativa: una obra emblemática para sus defensores, pero convertida con el tiempo en símbolo de cuestionamientos internos y externos que erosionaron parte de su capital político. Incluso dentro de su propia fuerza política, son escasos quienes la consideran una figura capaz de amalgamar sectores diversos o conducir una transición delicada.
Sin embargo, el Frente Amplio la eligió como compañera de fórmula. Y esa decisión hoy condiciona toda hipótesis de sucesión.
Porque Orsi tampoco es, en términos clásicos, un caudillo. Su llegada al poder estuvo inevitablemente asociada al respaldo de José Mujica, cuya gravitación política ordenó durante años al Movimiento de Participación Popular.
La desaparición física de Mujica abre un escenario previsible: el lento proceso de fragmentación de un espacio que durante demasiado tiempo encontró cohesión en una sola figura. El MPP enfrenta ahora el desafío que enfrentan todos los movimientos personalistas cuando desaparece el liderazgo fundador.
La pregunta de fondo resulta incómoda: ¿Uruguay puede ser gobernado sin caudillos? La evidencia reciente sugiere que todavía no. El sistema político uruguayo, pese a su sofisticación institucional y a su cultura republicana, continúa dependiendo de figuras con capacidad de sintetizar poder, disciplinar sectores y transmitir legitimidad emocional. Cuando esas figuras faltan, aparecen las grietas.
Pero una cosa es el desgaste político y otra muy distinta la ruptura institucional.
En algunos márgenes del debate público comienzan a circular especulaciones sobre escenarios de sustitución presidencial anticipada. Son ejercicios tan irresponsables como improductivos.
Uruguay construyó, con enorme esfuerzo histórico, una cultura democrática basada en la continuidad constitucional. Los gobiernos terminan cuando terminan. Aun en medio de crisis, denuncias o impopularidad.
La sociedad uruguaya desarrolló una alergia profunda a cualquier forma de interrupción institucional. Y hace bien. Porque en este país las aventuras destituyentes tienen un nombre demasiado pesado en la memoria colectiva: golpe de Estado.
Por eso, aun debilitado, cuestionado o políticamente erosionado, Orsi conserva algo decisivo: la inexistencia de una alternativa viable dentro de su propio espacio político.
La estabilidad del gobierno no descansa en su fortaleza, sino en el temor a la fragilidad de su reemplazo.
Pablo Melgar
