El hombre estaba de pie junto a la puerta cuando sonó el disparo.
Theodore Roosevelt sintió el golpe en el pecho. Durante un segundo creyó que alguien le había dado un puñetazo.
Después vio la cara del hombre que tenía delante. Había miedo en aquella cara. También había algo parecido al alivio.
La gente gritó. Unos se agacharon. Otros corrieron hacia el hombre armado. Roosevelt metió la mano debajo del saco y la sacó manchada de sangre.
-Me han disparado- dijo.
Nadie lo escuchó. Todos hablaban al mismo tiempo.
Un hombre le pidió que se sentara. Otro quiso llevarlo al hospital. Miró el reloj. Todavía faltaba el discurso.
-¿Cuánto tiempo llevo hablando?- preguntó.
-Todavía no ha empezado, señor presidente.
Roosevelt sonrió. Le dolía el pecho al respirar. Sacó del bolsillo las hojas del discurso. La bala había atravesado el papel. Las sostuvo frente a la luz y miró el agujero.
-Este hombre ha leído demasiado poco- dijo.
Algunos se rieron. Otros seguían mirando la sangre.
Subió al estrado.
Desde allí podía ver las caras de la gente. Había mujeres con sombreros oscuros, hombres con las manos en los bolsillos y muchachos que se habían subido a las sillas para mirar mejor. Todos esperaban que dijera algo importante. Él también lo esperaba.
-Señoras y señores -comenzó-. No sé si comprenden que acaban de dispararme.
Se abrió el saco y les mostró la camisa.
Nadie se movió.
-Pero hace falta algo más que eso para matar a un alce.
La gente aplaudió. Roosevelt levantó una mano y el ruido cesó.
Habló de los trabajadores, de los hombres que regresaban a sus casas después de doce horas en una fábrica, de los políticos que prometían mucho y olvidaban pronto.
Habló de la necesidad de cambiar las cosas. La voz le salía firme, aunque cada tanto debía detenerse para respirar.
El médico esperaba junto a la puerta.
-Señor Roosevelt -le dijo al cabo de un rato-, debe ir al hospital.
Siguió hablando.
El médico volvió a insistir.
-La bala está en su pecho.
-Lo sé.
-Podría morir.
Roosevelt lo miró. Tenía el rostro pálido y el bigote húmedo de sudor.
-Todos podríamos morir, doctor.
Y continuó.
Pasó una hora. Afuera, el otoño había dejado las calles frías. Adentro, los hombres se quitaban los sombreros y las mujeres permanecían inmóviles. Algunos habían empezado a llorar. Otros escuchaban con los brazos cruzados.
Cuando terminó, Roosevelt dobló las hojas perforadas y se las entregó a un ayudante.
-Ahora sí -dijo-. Vamos al hospital.
Lo ayudaron a bajar. Al llegar a la puerta se volvió hacia la multitud.
-Buenas noches.
Nadie respondió enseguida. Después alguien comenzó a aplaudir y los demás lo siguieron.
El médico lo condujo hasta el automóvil. Roosevelt se sentó con cuidado. El vehículo arrancó y las luces de la calle pasaron por la ventanilla como manchas amarillas.
-Ha tenido suerte- dijo el médico.
Roosevelt apoyó la cabeza contra el asiento.
-No creo en la suerte.
Cerró los ojos. Le dolía el pecho. Pensó en el discurso, en las palabras que había olvidado y en las que había dicho sin pensarlas. Pensó también en el hombre que había disparado.
No sintió odio. Estaba demasiado cansado.
El automóvil dobló una esquina y tomó la calle del hospital.
La bala seguía dentro de su cuerpo. El discurso, en cambio, ya no le pertenecía. Había quedado atrás, en aquella sala llena de gente, donde los hombres habían ido a escuchar a un candidato y habían terminado viendo a un hombre sangrar sin dejar de hablar.
Roosevelt abrió los ojos.
-Doctor.
-¿Qué sucede?
-Espero que hayan tomado nota de lo que dije.
El médico no respondió.
Afuera, la noche seguía su curso.
Pablo Melgar
