El silencio vergonzante es una forma de gobernar. Y hay respuestas que, por el destinatario elegido, dicen bastante más de lo que expresan las palabras. En Lavalleja, Daniel Ximénez parece haber encontrado una manera singular de combinar ambas cosas: no responder a casi nadie, pero reservarse el derecho de contestar cuando considera que la ocasión lo merece. En particular, si quien habla es Mario García.
Desde que asumió la Intendencia, Ximénez ha mantenido una relación esquiva con el diálogo público. Los ediles de la Junta Departamental han tenido serias dificultades para obtener respuestas a sus pedidos de informes. Los principales referentes de la oposición tampoco han conseguido que el intendente se prodigue en declaraciones o comentarios.
Entrevistas, explicaciones, intercambios públicos: nada que parezca formar parte de una política de comunicación especialmente activa. El silencio, en cambio, ha sido bastante constante.
No es una novedad absoluta. Mario García, durante su gestión al frente de la Intendencia, tampoco hizo del diálogo público una prioridad particularmente visible. Ahora, sin embargo, el actual intendente y su antecesor parecen haber encontrado una inesperada zona de coincidencia: el silencio frente a casi todos y la disposición a hablar cuando se trata del otro.
Hace poco más de dos semanas, García rompió parcialmente esa rutina con algunas consideraciones sobre la situación departamental. Sus declaraciones, por cierto, estuvieron lejos de ofrecer una explicación profunda de los problemas de Lavalleja o de presentar una propuesta política de suficiente entidad como para anticipar qué pretende hacer si aspira a regresar al gobierno departamental. Hubo comentarios, algunas precisiones y poco más. Para quien pretende volver a conducir la Intendencia, cabía esperar bastante más sustancia.
Ahora, según publicó ayer La Unión, Ximénez decidió responderle.
El detalle merece atención. El intendente que no encuentra demasiadas ocasiones para responder a los ediles, atender a los dirigentes opositores o explicar públicamente las decisiones de su administración sí encuentra tiempo para contestarle a un exintendente blanco. No parece una elección inocente. Tampoco necesariamente casual.
Ximénez no solo está respondiendo a García. Está contribuyendo a instalarlo como interlocutor privilegiado, como antagonista y, eventualmente, como adversario electoral. Más que buscar un rival, parece estar eligiéndolo.
¿Para qué necesita un rival el intendente? En política, la respuesta es conocida: para ordenar el escenario, simplificar la discusión y convertir una gestión sometida a evaluación en una confrontación entre personas. Es más sencillo discutir quién le gana a quién que examinar qué está haciendo el gobierno, cuáles son sus resultados y qué perspectivas ofrece para el departamento.
Si la disputa termina organizada alrededor de Ximénez y García, el actual intendente habrá conseguido algo importante: que la conversación política deje de girar exclusivamente sobre su administración y empiece a hacerlo sobre el eventual regreso de su antecesor.
Y aquí aparece la pregunta inevitable: ¿por qué García?
¿Será porque Ximénez considera que el exintendente es el adversario al que puede derrotar? No hay elementos suficientes para afirmar que esa sea su intención, pero la hipótesis resulta políticamente atendible. En cualquier caso, el resultado de esta incipiente confrontación es bastante claro: García vuelve a ocupar un lugar central en la conversación departamental, precisamente cuando su gestión anterior debería estar sometida a un examen riguroso y cuando la actual tendría que rendir cuentas sobre sus propias decisiones.
Hay, además, una paradoja difícil de ignorar. García preside actualmente la Departamental del Partido Nacional, mientras una parte importante de las listas que participaron en las últimas elecciones departamentales resolvió mantenerse al margen de ese ámbito partidario. No se trata de un detalle administrativo ni de una disputa menor por cargos internos. Es un dato que habla de las dificultades del nacionalismo para ordenar sus diferencias, construir una referencia compartida y definir una estrategia que no dependa exclusivamente de las ambiciones individuales.
En ese contexto, el enfrentamiento entre el intendente frenteamplista y el exintendente nacionalista puede terminar siendo un negocio político para ambos. Uno encuentra un adversario reconocible; el otro recupera visibilidad y centralidad. Se cruzan declaraciones, se alimenta la polémica y el escenario empieza a organizarse alrededor de dos nombres.
Mientras tanto, ¿qué ocurre con el resto?
Adriana Peña ya manifestó su intención de ser candidata. Si la competencia política comienza a presentarse como un duelo anticipado entre Ximénez y García, la exintendenta corre el riesgo de quedar relegada antes de que la discusión electoral haya adquirido una forma definida. A tres años de los próximos comicios departamentales, el problema no es solamente quién será candidato, sino quién consigue instalarse como protagonista de una contienda que todavía está lejos de resolverse.
Resulta particularmente llamativo que Peña y las demás corrientes del Partido Nacional permitan que esa polarización avance sin plantear una discusión propia sobre el futuro de Lavalleja. La política no consiste únicamente en esperar que los adversarios cometan errores. También exige capacidad para definir prioridades, construir alternativas y disputar la agenda pública. Si otros eligen los términos de la discusión, los demás terminan obligados a jugar un partido que no necesariamente les conviene.
Pero hay una cuestión más importante que las candidaturas y las estrategias partidarias.
Lavalleja atraviesa dificultades económicas y sociales que reclaman explicaciones, decisiones y responsabilidades. La situación del empleo, las perspectivas productivas, las finanzas departamentales y las oportunidades para quienes viven y trabajan en el territorio deberían ocupar un lugar central en la discusión pública. Si el departamento enfrenta una situación especialmente delicada —como sostienen quienes observan su evolución con preocupación—, la respuesta no puede consistir en una sucesión de silencios, declaraciones aisladas y disputas por la representación política.
No corresponde dar por demostrada, sin indicadores que la respalden, la afirmación de que Lavalleja nunca estuvo peor. Sí corresponde exigir que quienes gobiernan y quienes aspiran a volver a gobernar presenten información, expliquen sus diagnósticos y fundamenten sus propuestas. Esa es, precisamente, la diferencia entre una discusión política seria y una competencia de posicionamientos personales.
El problema de fondo no es que Ximénez le responda a García. Tiene todo el derecho de hacerlo, como García tiene derecho a cuestionar al gobierno. El problema es que el intendente parezca reservar para ese intercambio una disposición al diálogo que no demuestra con la misma intensidad frente a otros interlocutores institucionales y sociales.
Gobernar exige responder. Responder a los ediles que fiscalizan la gestión, a los ciudadanos que reclaman explicaciones, a las organizaciones que plantean problemas y a los periodistas que preguntan. El diálogo público no es una concesión del gobernante ni una cortesía que pueda administrarse según la conveniencia política del momento. Es parte de la responsabilidad inherente al cargo.
Por eso, la coincidencia entre los silencios de Ximénez y García resulta tan significativa. Ambos parecen cómodos en una escena donde el intercambio se concentra en ellos, mientras las preguntas sobre sus respectivas gestiones quedan en un segundo plano. Uno gobierna; el otro aspira a recuperar protagonismo. Entre ambos, el departamento corre el riesgo de convertirse en el escenario de una disputa cuyo principal objetivo sea determinar quién conduce el próximo capítulo de la política local.
¿Y Adriana Peña? ¿Y las otras corrientes nacionalistas? ¿Y los dirigentes que no se sienten representados por esa confrontación? Pero, sobre todo, ¿y los ciudadanos de Lavalleja?
Porque mientras los dirigentes eligen rivales, los vecinos siguen esperando respuestas. Y mientras los políticos discuten quién tiene mejores posibilidades de volver a gobernar, el departamento necesita saber quién está dispuesto a explicar lo que sucede, qué propone hacer y con qué instrumentos piensa conseguirlo.
La política puede sobrevivir durante bastante tiempo a las disputas internas, a las ambiciones personales y hasta a los errores de cálculo. Lo que difícilmente pueda hacer es recuperar la confianza de la sociedad si convierte el silencio en una práctica de gobierno y la confrontación entre dirigentes en sustituto de la rendición de cuentas.
Ximénez parece haber elegido a García. García parece dispuesto a ocupar el lugar que le ofrecen. El Partido Nacional, por su parte, todavía tiene que resolver si quiere construir una alternativa más amplia o si acepta que su futuro quede condicionado por esa pulseada.
Pero Lavalleja no necesita que sus dirigentes se elijan mutuamente como adversarios. Necesita que se decidan a hablar con la sociedad, a explicar sus actos y a discutir soluciones.
Hasta ahora, el espectáculo parece organizado para que los protagonistas sean siempre los mismos. La pregunta es si alguien está dispuesto a recordarles que la política no existe para que los políticos se repartan los papeles, sino para que la sociedad pueda decidir sobre su propio destino.
Pablo Melgar
