Al almacenero de la esquina de poco le sirve la “buena fe” o la palabra empeñada cuando un cliente asegura que ya le pagó los bizcochos del otro día. Para evitar el desconcierto, el comerciante recurre a la libreta: ese registro metódico donde anota con fecha exacta si los bizcochos fueron saldados o si quedaron fiados. Ese gesto cotidiano, tan simple como fundamental, es rigor en su estado más puro. No requiere de títulos universitarios ni de conceptualizaciones complejas; requiere apenas el compromiso de registrar la realidad para que la memoria no falle y las cuentas cuadren. Con rigor se evitan las discusiones vanas, las pérdidas monetarias y las narrativas fantasiosas o convenientes.
Existe, sin embargo, una falsa creencia (tan cómoda como peligrosa) que sostiene que el rigor es una especie de privilegio reservado a los claustros universitarios o a los más reconocidos de la ciencia. Se suele asumir que, por el simple hecho de no pertenecer a la academia, el ciudadano común no tiene por qué preocuparse por la trazabilidad, la verificación ni la lógica de lo que consume o dice. Se asume que la exigencia de evidencia es competencia exclusiva de la investigación histórica o científica, sin entender que el rigor no entiende de disciplinas: es, ante todo, una disposición procedimental y ética ante la verdad.
El rigor no es más que la posibilidad real de trazar el origen de las premisas, de recorrer el camino inverso desde una conclusión hasta los datos reales que la sostienen. Es una herramienta de vida, no algo meramente institucional. Cuando esa trazabilidad se rompe, lo que queda no es información; es mito, es eslogan o es crasa manipulación. Permitir que el rigor se vuelva invisible en el debate público es condenar a la sociedad al descuido de la memoria, al desprecio de las ciencias y al fomento directo de la ignorancia.
¿ALEGATO CONTRA LA ACADEMIA? PARA NADA
Llegado a este punto, algún lector podrá preguntarse: “Andrés, ¿acaso no estás haciendo apología contra la universidad o la institución académica?”. La respuesta es rotunda: en absoluto.
Ir a la universidad es una decisión valiosa de formación personal e institucional. Sin embargo, el problema radica en creer que cruzar la puerta de un aula magna otorga la razón automática o garantiza de forma mágica la verdad. La formación universitaria no asegura infalibilidad. La verdad y el rigor no pueden depender únicamente de quien tomó la decisión de cursar una carrera, mientras el resto de la sociedad se instala en la comodidad de actuar de manera parasitaria. Adquirir conocimiento es una responsabilidad individual. No se trata de sobreestimar ciegamente a quien se educa, ni de creerle por decreto; se trata de comprender que, si la formación se convierte en asunto de unos pocos, la mayoría abdica de su deber de pensar. Y cuando son pocas las personas a las que realmente les importa el conocimiento, formarse y no dejarse engañar, el terreno queda trágicamente abonado para la manipulación y la ingenuidad colectiva.
EL RIGOR NO ENTIENDE DE AFECTOS
Esta falta de rigor se manifiesta a diario en las discusiones banales de la política y de la vida pública. Cualquier debate pretende cerrarse hoy con una simple captura de pantalla o lo que “diga” la IA. Pero una captura de pantalla aislada o lo que sintetice una IA no es prueba de nada; carece de contexto, de cadena de custodia y de trazabilidad. Del mismo modo, se ha caído en la ilusión de creer que la tecnología piensa por nosotros. Los motores de búsqueda y la inteligencia artificial son herramientas útiles para acelerar procesos, pero no respaldan ni reemplazan una investigación, ni mucho menos sustituyen el pensamiento crítico o el trabajo riguroso que solo el ser humano puede realizar. Pretender que la tecnología sea el aval de una afirmación sin orientarla ni verificarla no es rigor; es pereza disfrazada de modernidad.
Para hablar de rigor en serio, debemos comprender una premisa fundamental: el rigor es frío e indiferente. El rigor no entiende de cariños, no entiende de ideologías políticas, no entiende de subjetividades ni de los años de trayectoria que acumule una persona. La fe, las simpatías y los años en un cargo no constituyen evidencia ni autoridad. El rigor es justamente lo único que evita que la verdad se distorsione en favor de intereses cuestionables que solo fomentan el deterioro mental, cultural y social de una comunidad. Una de las grandes mentiras de nuestro tiempo es la idea de que la verdad se determina por la cantidad de personas que coinciden con una afirmación. La verdad jamás ha sido democrática: no es una cuestión de elecciones, de encuestas, preferencias subjetivas ni de aplausos masivos. Tanto dentro como fuera de las redes, las reacciones puramente subjetivas (“me divierte”, “me encanta”, “me gusta”) no le otorgan veracidad absolutamente a nada. Esas expresiones solo sirven para polarizar y crear tribunales de conveniencia, pero no determinan la realidad de los hechos. La masa suele aplaudir una repentina lucidez o una hábil muestra de labia, confundiendo la elocuencia efectista con el argumento probado. En esa fachada de la repercusión y la reputación inflada, prima la masa por sobre la falsabilidad de los hechos. Abundan los personajes -verdaderos pseudoiluminados- que disfrutan de un éxito no cuestionado simplemente porque nadie se ha tomado la molestia de exigirles rigor (en clara resonancia con la idea de Erasmo de Rotterdam: cuanto menos talento poseen, más arrogancia despliegan, encontrando siempre a otros dispuestos a aplaudirles).
Cuando uno de estos personajes intenta refutar un argumento debidamente evidenciado y fundamentado, una audiencia que no leyó ni entendió la discusión asume que el ídolo tiene razón, solo porque “les parece un genio”. Hay que romper urgentemente con esa fantasía: no todas las personas adoradas por el público son genios. Muchas de ellas simplemente tuvieron la enorme suerte de no haber sido cuestionadas a tiempo.
TRAMPAS Y LÍMITES
Ocurre con frecuencia que personalidades galardonadas o reconocidas en las artes o en la divulgación terminan opinando sobre ciencias o disciplinas rigurosas con una soltura pasmosa. Olvidamos que existe una frontera marcada e infranqueable entre el arte -cuyo terreno es la expresión, la subjetividad y la estética- y la ciencia, cuya exigencia es la contrastación empírica, la cuantificación y la documentación comprobable. No se puede instrumentalizar la duda ni el prestigio en un área para dar crédito a relatos que simplemente no se pueden verificar. Esta confusión estalla a diario en las conversaciones informales, en las narrativas familiares e incluso en la divulgación histórica local y política, donde se apela al consabido “siempre se dijo que…”. La realidad es tajante: un “siempre se dijo” equivale prácticamente a un “nunca se dijo”. Lo que se dice o se repite no es necesariamente lo que pasó. El fracaso conceptual más grave de nuestra época es no separar las dimensiones: no entender la diferencia abismal entre la opinión y la verdad. Se ha elevado la opinión a la categoría de verdad absoluta, dándole una importancia desmedida a juicios que, en el fondo, nacen del desconocimiento o del prejuicio de quien los emite. Las opiniones no poseen valor epistemológicamente aceptable. Poco importa que una ciudad entera o un país completo opine en la misma dirección si todos están mirando hacia el lugar equivocado, movidos por el sesgo y la falta de prueba.
EL APLAUSO POR PROTOCOLO Y EL MITO DEL PRESTIGIO INTOCABLE
Resulta francamente lamentable observar cómo, desde el nivel empírico de quien escribe y analiza la realidad, abundan las audiencias que aplauden por protocolo. Asisten a intervenciones o consumen contenidos sin cuestionar absolutamente nada, pero -lo que es peor- tampoco retienen ni prestan atención a lo que se está diciendo. Es una recepción pasiva y anestesiada. Esta actitud no se queda en la mera pasividad; saca a relucir contradicciones sociales mucho más graves. Es justamente en esa falta de filtro donde surgen y se sostienen las personalidades más sobrevaloradas. Se genera así un trato selectivo perverso: mientras se endiosa a figuras cuya relevancia ha sido regalada o construida sobre el vacío, se desplaza, se rebaja o se ignora a quienes realmente generan aportes, conocimiento con método y fomentan cultura de fondo. Hay algo que el método y la ciencia jamás admiten: el escándalo que genera el cuestionamiento hacia los “intocables”. Muchas personas se asustan o se escandalizan cuando alguien se atreve a cuestionar a una figura de gran relevancia pública, reconocimiento o reputación construida. Pero el prestigio no es una vacuna contra la crítica. La búsqueda de la verdad no entiende de jerarquías ni de veneraciones; exige, si es necesario, llevarse puesto el prestigio de quien sea. El prestigio no habla por la calidad intrínseca de una persona, habla únicamente por la masa pasiva que le otorgó ese estatus.
LA “TITULITIS” Y LA DISTORSIÓN DEL OFICIO
Parte de esta ingenuidad colectiva radica en la confusión entre la jerarquía y la validez. Hoy parece bastar con que alguien exhiba un título o se autodenomine con cierta etiqueta para que sus palabras se conviertan en dogma y cause asombro con repercusión.
A quien no le guste, la realidad es estricta: el título universitario en historia, por ejemplo, se asocia a personas formadas institucionalmente para la reconstrucción rigurosa del pasado. Que un investigador ejerza en la práctica el oficio, las actividades o las funciones propias de la disciplina es otro asunto; pero llamar “historiador” a cualquiera que le interese el pasado como pasatiempo personal o quehacer secundario no hace más que demostrar cuánto ha dejado de importar el rigor. El problema se agrava cuando se cae en la ingenuidad absoluta: asumir que, porque fulano es profesor o persona renombrada, automáticamente tiene razón en todo lo que sostiene. Aceptar semejante premisa sin exigir evidencia no es respeto a la educación; es, literalmente, recibirse de ingenuo y abdicar del propio juicio. Sin mencionar que existe quien cree que ningún político miente.
LA DUDA INSTRUMENTALIZADA Y LA TRAMPA DEL EGO
La duda es una herramienta metodológica imprescindible. Es necesario tener precaución para no aceptar como verdad absoluta cualquier cosa que se lee o se escucha. Sin embargo, en tiempos de hiperinformación, la duda se ha convertido en un arma de doble filo manejada por egos lastimados, mal usada. Por un lado, están quienes usan Google, las redes sociales o las herramientas de inteligencia artificial no para investigar, sino para forzar la confirmación de sus propios prejuicios. Caen de lleno en el sesgo de confirmación: como encuentran un texto o un comentario que va en la misma línea de lo que ya pensaban, asumen de inmediato que tienen razón. La búsqueda no persigue la verdad, sino la autojustificación. Por otro lado, la duda es manipulada como un mecanismo descalificador por parte de quienes ni siquiera se toman el trabajo de leer los materiales o los libros publicados sobre un tema. Personas sin la menor iniciativa propia para adquirir conocimiento se creen expertas de la noche a la mañana y utilizan la «duda» no como búsqueda de claridad, sino como escudo para negar lo que ignoran y descalificar en aras de una supuesta cautela epistemológica (que no entienden) a una persona que sabe de lo que habla (es decir, falso escepticismo).
LAS MULETAS DE LA DESINFORMACIÓN Y EL SENSACIONALISMO
Sorprende que no se enciendan las alarmas sociales cuando nos encontramos ante afirmaciones respaldadas en el testimonio de «una vecina contaba X cosa que fulano hizo» ¿la vecina se hace la misteriosa o no tiene nombre? ¿Peligra la vida de alguien por decir el nombre? ¿Cómo se llama fulano?, o cuando se apela al ya clásico comodín de “muchos estudios dicen…”. ¿Qué estudios? ¿Bajo qué metodología? ¿En qué contexto? “Es historia”, ¿según qué o quién? Sin mencionar a los individuos que nos relegan la carga de la prueba que sólo está sobre ellos. A esto se le suma el sensacionalismo mediático: buena parte de la prensa actual ha cambiado la investigación seria por la estridencia y la efectividad del titular de impacto. Se construyen noticias sobre la base de trascendidos, especulaciones o fuentes fantasma con tal de captar la atención de audiencias desatentas. Esa dinámica demuestra que el «rigor» que presentan muchos medios de comunicación no solo es pobre, sino abiertamente cuestionable. En ese citado selectivo y en esa búsqueda de impacto fácil, quien emite no solo falta a la verdad: se autocondena como actor en el que no se puede confiar. Quien borra la fuente y oculta el origen de sus datos destruye la cadena de custodia del conocimiento, y, por ende, su credibilidad.
NEGAR POR NEGAR: LA VIGENCIA DE SANTO TOMÁS DE AQUINO
En el otro extremo de la recepción pasiva se encuentra la soberbia de la ignorancia. Vivimos en una época donde proliferan quienes cuestionan desde su propio desconocimiento y niegan categóricamente por el simple acto de negar. Ya lo advertía Santo Tomás de Aquino al señalar que el necio niega lo que no entiende. No se puede descalificar o rechazar un trabajo metodológico de años desde la absoluta falta de estudio, simplemente porque se cree tener mayor «reconocimiento», relevancia mediática o visibilidad regalada. La negación visceral no requiere esfuerzo; la comprensión y el análisis, sí.
UN CONTRALOR NECESARIO FRENTE A LA ESTRIDENCIA
Frente a este panorama, se vuelve urgente adoptar una actitud de contralor crítico. Necesitamos desmantelar la sobreestimación injustificada, separar drásticamente la repercusión social o el éxito de audiencia de la calidad real del trabajo de una persona, y empezar a valorar la sustancia por encima del envoltorio.
Desenmascarar estas falacias no es una postura elitista; es un acto de defensa de la memoria, de la verdad metodológica y del pensamiento independiente. Si el almacenero necesita la libreta para no quebrarse la cabeza ni la caja, la sociedad necesita el rigor para no perder la memoria, la coherencia ni la razón. El rigor debe volver a percibirse, a exigirse y a practicarse, no por sumisión académica, sino por simple y rotunda dignidad intelectual y social.
Andrés Llorente Tellechea
Investigador independiente, autor y estudiante de ciclo intermedio de la Licenciatura en Archivología.
