Otra vez el pánico recorrió los pasillos del gobierno departamental.
No hubo conferencia, ni comunicado solemne, ni foto institucional. Hubo otra cosa: teléfonos encendidos, cálculos improvisados y una cuenta regresiva que avanzaba más rápido que la caja.
El medio aguinaldo apareció en el horizonte y borró sonrisas.
La escena, según reconstruyó SERRANO a partir de diversas fuentes políticas, se repite con variaciones menores. Primero fue el intento de ganar tiempo. Después la negociación silenciosa. Más tarde la espera. Dos días más. Después el fin de semana. Después el lunes. Y finalmente el recurso extraordinario.
La bala de plata llegó.
Cuarenta y un millones de pesos. Poco más de lo necesario para apagar el incendio inmediato. Oxígeno. Pero apenas eso: oxígeno.
Porque el calendario no se detiene y detrás del medio aguinaldo ya asoman los salarios.
La administración del intendente Ximénez sobrevive -hasta ahora- gracias a distintos mecanismos de asistencia y respaldo provenientes del ámbito nacional, según señalaron las fuentes consultadas.
Esta vez el jefe comunal se lo tuvo que pedir al propio presidente Yamandú Orsi, en persona.
El problema es que cada rescate deja una pregunta más incómoda que el anterior: si para llegar a fin de mes hay que esperar ayuda externa, ¿cuál es exactamente el estado real de las finanzas departamentales?
Mientras tanto, otro fenómeno empieza a llamar la atención incluso dentro del propio edificio comunal.
El sueño de profesionalizar la Intendencia parece avanzar a toda velocidad. Viejos funcionarios -de esos que recuerdan gobiernos y crisis- aseguran que nunca vieron tantos abogados y contadores circulando por oficinas y reuniones.
Lo dicen con mezcla de asombro e ironía.
No tienen claro si hoy se recoge más basura, si hay más calles reparadas o si aumentó el número de luminarias encendidas.
Pero sí tienen una certeza: hay más profesionales.
Y cuando una administración incorpora cada vez más capacidad técnica mientras depende cada vez más del auxilio financiero, aparece una tensión inevitable entre estructura y resultado.
Mientras tanto, se prescinde de mano de obra menos calificada para llevar a cabo los mantenimientos y las obras.
El Club de los 100.000 pesos se agranda y el departamento no se desarrolla.
El problema ya no es solamente cuánto cuesta gobernar, empieza a ser cuánto cuesta sostener el gobierno.
Pablo Melgar
