Hay instituciones que han comprendido algo esencial sobre la condición humana: nadie vive solamente de pan ni de estadísticas.
Las personas necesitan sentido, una explicación del dolor, una promesa para el porvenir y una forma de nombrar aquello que consideran justo.
Por eso los partidos políticos y las religiones ocupan un lugar tan decisivo en el imaginario colectivo. No administran únicamente estructuras ni distribuyen consignas: administran esperanzas.
Unos prometen igualdad, libertad o prosperidad; otros ofrecen redención, sabiduría, perdón o vida eterna. Cambian los idiomas, los símbolos y las liturgias, pero el movimiento interior parece repetirse desde tiempos remotos.
En un caso habrá asambleas; en otro, catequesis. Aquí reunión de comité; allá consistorio. A veces se hablará de doctrina y otras de revelación.
El procedimiento cambia menos de lo que suponemos.
Toda comunidad que pretende durar necesita convocar. Ninguna sobrevive sin ceremonias, sin relatos compartidos y sin una cierta repetición de palabras que terminan pareciendo eternas.
Pero precisamente porque ocupan ese lugar elevado -el de la inspiración y la orientación- les corresponde una responsabilidad singular.
Hay un riesgo antiguo: que las organizaciones terminen amando más sus propias estructuras que a las personas que las justifican.
Las almas o los votantes, según el lenguaje elegido, dejan entonces de ser fines para convertirse en instrumentos.
Y sin embargo, acaso el verdadero patrimonio de una sociedad no sean sus edificios, ni sus consignas, ni siquiera sus victorias electorales o sus credos triunfantes. Tal vez sea algo más silencioso y más persistente: la conservación de ciertos valores permanentes que permiten que las personas sigan siendo personas.
La caridad, la tolerancia, la fe, la solidaridad, la búsqueda de la verdad, el respeto por el otro, la capacidad de perdonar o de disentir sin destruir.
Esos valores no pertenecen del todo a ninguna bandera ni a ningún altar. Los atraviesan.
Las instituciones nacen, crecen y desaparecen.
Los nombres que hoy parecen definitivos mañana serán apenas notas al pie.
Pero cada generación vuelve a formular las mismas preguntas esenciales y vuelve a confiar esas preguntas a quienes ocupan el lugar del sentido.
Cuidar a las personas no es protegerlas de la incertidumbre. Es recordar que ninguna causa es tan grande como para olvidar a quienes fueron convocados en su nombre.
Todo lo demás -la liturgia, el aparato, la ceremonia y aun el poder- acaso sea solamente una forma transitoria del tiempo.
Por ejemplo, hoy se cumplen 42 años del retorno de Wilson Ferreira tras más de una década de exilio. A su vez, este año el Partido Nacional cumple 190 de existencia.
La mitad del electorado de Lavalleja vota por un partido que está olvidando su liturgia.
Pablo Melgar
