Hay historias que se escriben con documentos y otras con símbolos. La del Movimiento de Participación Popular pertenece, sobre todo, a la segunda categoría.
De su historia se ha dicho casi todo. En realidad, de su épica. Porque una cosa es la sucesión de los hechos y otra el relato cuidadosamente construido para que esos hechos adquieran un significado político.
Si uno aceptara sin reservas esa narrativa, concluiría que se trata del ascenso de un hombre humilde hasta las más altas cumbres de la política mundial. Un itinerario perfecto. Una biografía sin fisuras. Un producto de comunicación extraordinariamente eficaz.
Sin embargo, el fenómeno Mujica merece otra lectura.
Paradójicamente, el presidente más exitoso de la izquierda uruguaya fue, antes que nada, un hombre formado en la cultura política del herrerismo.
Ese detalle suele omitirse porque incomoda al relato. Pero explica mucho. José Mujica comprendió algo que el Partido Nacional, salvo contadas excepciones, nunca terminó de comprender: las elecciones modernas se ganan conquistando el imaginario cultural antes que acumulando argumentos.
En Uruguay existe una curiosa paradoja.
El ciudadano medio atribuye casi todo aquello que considera virtuoso del país al batllismo. El Estado, la educación pública, las empresas estatales, la protección social, incluso cierta identidad nacional.
El resultado es evidente: buena parte del electorado urbano, aun sin declararse batllista, piensa como batllista.
Esa es la verdadera batalla cultural que el nacionalismo todavía no logra resolver.
Mujica sí lo entendió. Y se disfrazó de batllista y de frentista. No fue nada de eso.
Es probable -y aquí entramos en el terreno contrafáctico- que jamás hubiera llegado a la Presidencia permaneciendo dentro de la estructura tradicional del Partido Nacional.
Necesitaba otro escenario, otros antagonistas y, sobre todo, otra narrativa. Pasó por el movimiento de Enrique Erro, fracasó políticamente, eligió la lucha armada, fue a la cárcel y convirtió el cautiverio en el capítulo central de una biografía casi religiosa.
Comprendió como pocos los atajos cognitivos de una sociedad cada vez más expuesta al impacto emocional que al razonamiento elaborado. Aprendió a comunicar. Dominó el silencio, la pausa, la metáfora rural, la frase sencilla que parecía improvisada y había sido cuidadosamente cultivada durante décadas.
Fue, probablemente, el mejor comunicador político que produjo el Uruguay contemporáneo.
Después llegaron las victorias electorales. Y también las frustraciones. Entre ellas, ese Premio Nobel de la Paz que muchos de sus allegados daban por inevitable y que nunca llegó.
Pero quizá su mayor acierto estratégico ocurrió cuando ya sabía que el final estaba cerca.
Entendió que el Frente Amplio tenía dirigentes, cuadros técnicos y operadores políticos. Lo que no tenía era un heredero comunicacional. Intentó construirlo.
Fue a buscar una figura reconocible, con enorme nivel de conocimiento público, alguien cuya credibilidad provenía de la televisión. Profesional de la comunicación, al fin. Blanca Rodríguez dejó el principal informativo del país, ingresó directamente al Senado sin haber construido una trayectoria política propia y hoy ocupa el tercer lugar en la línea de sucesión presidencial.
La apuesta, hasta ahora, no ha dado resultado.
La comunicación política no consiste en leer correctamente un teleprompter. Tampoco en trasladar prestigio periodístico al ejercicio del poder. Son oficios distintos. Exigen habilidades distintas. La televisión construye notoriedad; la política exige liderazgo.
No existen sustitutos automáticos para el carisma.
Y ese, probablemente, sea el mayor problema que enfrenta hoy el MPP.
Hay una enseñanza que trasciende las simpatías partidarias.
La primera obligación de un dirigente político es ganar elecciones. Para hacerlo debe ofrecer esperanza, interpretar el clima social y construir una expectativa de futuro.
La primera obligación del periodismo, en cambio, es perseguir la verdad, incluso cuando resulta incómoda para el poder.
Confundir ambos papeles termina degradando a los dos.
Durante años buena parte de la televisión transformó a los periodistas en celebridades. Después algunos decidieron transformarlos en candidatos.
Es un fenómeno comprensible en una época donde el reconocimiento público parece confundirse con la representación democrática. Pero la notoriedad nunca reemplazó al liderazgo.
Mientras tanto, la izquierda enfrenta un desafío diferente.
Agotado gran parte del discurso que la sostuvo durante décadas, comienza a buscar nuevos vehículos para conservar influencia. No siempre aparecen ideas nuevas. A veces aparecen rostros nuevos.
No es exactamente lo mismo.
Al final, quizá la definición más precisa siga siendo aquella atribuida a Jorge Luis Borges cuando describía ciertas alianzas políticas: hay colectivos que parecen unidos no tanto por el amor como por el espanto.
Tal vez esa frase explique mejor el presente que cualquier encuesta.
Pablo Melgar
