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    El  imperio  del  autoengaño

    Serrano EditorBy Serrano Editor19 septiembre, 2026No hay comentarios13 Mins Read
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    Existe una peligrosa tentación contemporánea que consiste en tratar a los hechos como si fueran opiniones maleables. Nos han repetido hasta el cansancio que “todo es relativo”, una de las mentiras más grandes y perezosas que la humanidad ha normalizado. Nos convencen de que todo depende del cristal con que se mira, como si la realidad tangible tuviera la obligación de adaptarse a nuestras comodidades, ignorancia o a nuestras carencias metodológicas.

    Frente a este dogma de salón, corrientes filosóficas de gran peso (desde el realismo clásico hasta el escepticismo ante la impostura subjetiva) han atacado con justa razón al relativismo, demostrando que no es una postura sofisticada ni una muestra de amplitud mental, sino un refugio cobarde para eludir la verdad.

    Una cosa es reconocer que el contexto y las circunstancias influyen de manera intrínseca en ciertos fenómenos, y otra muy distinta es forzar esa circunstanciación de forma artificial, es decir, descontextualizar, manipular los hechos y torcer la realidad al antojo para justificar lo indefendible. Cuando alguien afirma que hay que “adaptarse al ambiente” para encubrir la falta de rigor, las maldades, la censura, las arbitrariedades, la repetición acrítica de datos o el simple acto de tomar textos ajenos, cambiarles algunas palabras y firmarlos con otro nombre, las imposturas y la sobrevaloración de algo monótono como si fuera nuevo, haciendo pasar una repetición sin originalidad ni aporte real por un supuesto descubrimiento o hazaña sin precedentes, o aplaudiendo como si fuese una gran novedad algo que ya está más que estudiado, vivido y repetido (un vicio que se ve demasiado en el periodismo deportivo y en la cultura del autobombo local, donde se magnifica selectiva y/o plenamente lo efímero mientras se ignora lo trascendente), lo único que hace es certificar la defunción del pensamiento crítico y el potencial cultural de una sociedad. Si todo es cultura, entonces nada lo es, si es selectiva, entonces no es cultura. Si no rompe lo establecido, no es trascendental.

    ABSURDO Y CONTRADICTORIO

    De hecho, en nuestra sociedad provinciana existe un culto absurdo y contradictorio a la frase de que “nadie es profeta en su tierra”: por un lado se le da un peso desmedido y chauvinista a figuras menores del deporte o del entretenimiento local, olvidando que no hay nadie de esos pagos que realmente figure en los grandes anales de la historia universal de la cultura, y por el otro se castiga o se desfinancia sistemáticamente a cualquier iniciativa intelectual, científica o artística que busque fomentar el verdadero desarrollo humano y el progreso, aun si es novedosa y sin precedentes.

    Se ve lo atípico, pero se mira al costado con indiferencia. Como carece de fuentes comprobables, de método o de argumentos sólidos, el relativista disuelve los hechos en una neblina donde todo vale lo mismo, sin olvidar que aplica ese relativismo de forma absolutamente selectiva y parcial: se relativiza con cinismo cuando conviene a los intereses propios o de los amigos, pero se vuelve dogmático e inflexible cuando el agravio afecta al bando de enfrente. Sin mencionar que la verdad objetiva la consideran agravio o exageración subjetiva.

    EN LA VIDA COTIDIANA

    Pero este problema trasciende con creces el ámbito intelectual y se instala de lleno en la vida cotidiana y política. Nos atraviesa en preguntas incómodas que rara vez nos atrevemos a responder con honestidad: ¿tenemos nuestro propio criterio político o adoptamos ideas solo porque otra persona y un grupo cercano las sostienen? ¿Cuánto vale sacrificar vínculos reales y afectos genuinos en el altar de un partido o de un político de turno que, irremediablemente, terminará decepcionándonos dentro de cinco años?

    Cuando miramos de cerca la trastienda del poder (ya sea en la gran palestra o en la microscópica política aldeana, donde los gabinetes y los círculos de decisión se parecen más a un vecindario de amigos que logró escalar por acomodo que a un equipo de personas idóneas y capacitadas), la realidad desborda cualquier relato oficial.

    Se nos vende el cuento de que “el barrio somos todos”, pero la verdad es que el barrio son siempre los mismos de siempre, los que reparten favores, los que adulan, los que se quejan pero repiten las mismas acciones que produjeron las quejas en primer lugar. 

    Mezclar la amistad con la política es una trampa mortal; como bien ilustra la literatura clásica en “Ben-Hur: Una historia de Cristo” de Lewis Wallace (1880), donde el militar romano Messala Severus era amigo íntimo del Príncipe Judá Ben-Hur y, apenas pudo alcanzar cuotas de poder en el Imperio Romano, no dudó un segundo en traicionar e intentar destruir a su propio amigo íntimo. En esa misma línea se cumple la sentencia de Abraham Lincoln: “Casi todos los hombres pueden soportar la adversidad, pero si quieres probar el carácter de un hombre, dale poder”. Creer en la lealtad política y refugiarse en supuestos vínculos de cordel es de una ingenuidad pasmosa. En el momento en que el “amigo” cruza la puerta del cargo, deja de serlo o se descubre que nunca lo fue.

    UNA COARTADA COMÚN

    A esto se suma otra coartada muy común: la de ignorar convenientemente que las instituciones controladas por la política son entes continuos. Lo que rota son las caras que las manejan, pero la responsabilidad histórica y administrativa sigue recayendo sobre la institución; pretender que alguien está exento de culpa solo porque abandonó su puesto hace cuatro años es una burda manipulación.

    La resistencia a dar la cara destruye cualquier atisbo de confianza e idoneidad, porque hablar de “reputación” mientras los responsables huyen o relativizan los hechos es un insulto a la inteligencia. La reputación es una construcción socio-colectiva y muy subjetiva que no representa la verdad absoluta. Creer que los demás no se dan cuenta de estas falacias improvisadas demuestra la indigencia argumentativa de quienes intentan tapar el sol con las manos.

    ¿Consideramos que alguien es apto para gobernar porque realmente está formado o porque nos une una irrelevante amistad de infancia? ¿Juzgamos que un gobierno fue excelente solo porque nosotros, de forma individual, no la pasamos mal, o porque la queja generalizada casi ni existió en nuestro entorno inmediato? ¿Ninguneamos quejas justas? ¿Sabemos que las cosas están mal pero aun así queremos confiar en lo que no funciona y autoengañarnos? ¿Tenemos datos concretos para sostener lo que decimos, o vivimos repitiendo consignas? ¿Nos estaremos autoengañando con la idea de un supuesto bienestar común que solo existe en los discursos oficiales mientras la realidad se desmorona?

    Esta misma lógica de desidia y simulación se despliega sin filtros en el nivel social y pragmático, alimentada por otra falacia sumamente abstracta, subjetiva y profundamente arraigada: la idea de que “nos conocemos todos, somos todos amigos y debemos ayudarnos entre todos en el pago”. Es una gran mentira insostenible. En la práctica, esa supuesta hermandad es selectiva: se asiste según la conveniencia, abundan las palabras vacías, pero escasean las acciones, y reinan en secreto envidias no asimiladas, orgullos y egos no procesados.

    CREENCIAS Y PÁLPITOS

    En este triste panorama de inversión de valores, la sociedad de los relativistas prioriza grotescamente los “derechos” del agresor, del vivo y del que rompe la paz ajena por encima de la dignidad y el amparo de las verdaderas víctimas. Le quita total credibilidad a la justicia en general. Convertimos una injusticia flagrante que ameritaría una solución sencilla y directa en un debate inútil, burocrático e interminable donde todos se tapan las espaldas corporativamente con dichos contrafácticos, pero a la hora de apoyar y defender la verdad desnuda, el resto brilla por su ausencia.

    Mucha gente cree que sus creencias, sus pálpitos y sus sentimientos personales son norma universal, exigiendo que la realidad se doble ante su subjetividad. Pretenden medir la verdad con corazonadas, como si sentir que mañana va a llover alterara la meteorología o como si los pálpitos garantizaran un acierto.

    Lo vemos con crudeza cuando una persona, ante la lentitud, la burocracia o la inoperancia de las instituciones judiciales y policiales, recurre a las redes sociales o a la prensa (ese cuarto poder indispensable) para denunciar una arbitrariedad o una estafa directa, como la de un comerciante sin escrúpulos que engaña a un cliente o al revés. Las redes actúan entonces como un espejo implacable de las decadencias sociológicas: en lugar de exigir justicia, abunda una turba que vive en una nebulosa, creyendo ingenuamente que el diálogo lo resuelve todo de inmediato, cuando en realidad el diálogo ya ha sido cercenado por el victimario e infractor.

    Esos sectores relativizan la trampa bajo consignas vacías, culpando a quien se atreve a exponer el abuso o defendiendo ciegamente a alguien solo porque le tienen afecto, bajo la premisa infantil de que los conocidos o los “buenos vecinos” son intocables y están exentos de culpa. Se nos machaca con que “fulano es bueno”, midiendo el valor humano y la competencia por una bondad decorativa que vacía de contenido la realidad. En la práctica, todos seríamos buenos. Pero en la realidad, no, no todos somos buenos, y en la política, en el trabajo y en la vida real no necesitamos meras intenciones bondadosas ni relatos sentimentales; necesitamos utilidad, honestidad, integridad, competencia y rigor.

    ¿VERDAD O PARCHE?

    Aquí es donde la perspectiva estoica se vuelve un faro indispensable: el estoicismo condena tajantemente renunciar a la propia conciencia y al pensamiento propio para satisfacer el placer, el capricho o la comodidad de otros. Las emociones y los sentimientos no pueden determinar la verdad de nada ni reemplazar a la razón.

    Del mismo modo, gusta repetir solemnemente que “la cultura triunfa” en nuestra tierra, pero ¿es verdad o es un parche para tapar la desidia? Nos rasgamos las vestiduras pidiendo apoyo a las expresiones genuinas, pero a la hora de la verdad no respaldamos a nadie que incomode o rompa el molde; preferimos lo seguro y lo previsible. Y más aún, ¿atacar con furia al que piensa distinto debilita al otro o es la prueba desesperada de que nuestra estructura tambalea? Si ante un cuestionamiento externo nuestra postura se desmorona, no es porque el crítico sea un villano, sino porque nuestra casa carece de cimientos.

    En este terreno abunda un grupo particular que, amparado en supuestos pergaminos o en pequeños galardones, se cree intocable (como si el paso del tiempo o la crítica eximieran a alguien del escrutinio de la realidad bajo el dogma de que “hay que dejar descansar en paz” las construcciones y personas míticas que ya no viven). Hay quienes acumulan un mínimo logro y entran en un delirio de infalibilidad: inventan relatos, tergiversan datos y pontifican sobre lo que ignoran.

    Aquí opera el efecto Dunning-Kruger alimentado por el relativismo cultural y la selectividad. El ignorante habla con absoluta seguridad y, respaldado por una audiencia complaciente que le aplaude cualquier disparate sin cuestionar, logra sembrar la duda en quienes verdaderamente estudian.

    Cuando los que saben dudan por el peso de la demagogia, la mentira gana terreno. Y cuando se les rebate con pruebas contundentes, esa falsa superioridad intelectual se desploma. En lugar de refutar con hechos, recurren al ataque personal, colgando etiquetas de “soberbio”, “petulante”, “inmaduro” o “agresivo”. Gritar soberbia ante una verdad demostrada es un mecanismo de defensa; lo que evidencia una soberbia patológica es la incapacidad absoluta de aceptar y/o entender la crítica, proyectando las propias inseguridades y limitaciones sobre aquello que se niega a aceptar o que ni siquiera se es capaz de entender.

    A esto se suma la falacia monumental de que “todas las opiniones son válidas”. No, no es así. Opinión y verdad no son sinónimos, la opinión parte del nivel de ignorancia y subjetividad de quien la enuncia. Hay cosas que dependen de circunstancias reales e intrínsecas, pero hay leyes físicas, lógicas y documentales que no se doblan al capricho. Hay quienes niegan la curvatura de la Tierra y argumentan que es plana, pero el hecho de que la nieguen no altera la realidad empírica. Como apuntaba Santo Tomás de Aquino, el necio niega lo que no entiende; a lo que hay que sumar que el relativista relativiza lo que se niega a asimilar porque choca contra su comodidad.

    Quien está genuinamente seguro de lo que cree no se amarga en la furia defensiva; comprende que ninguna opinión ajena puede derrumbar lo sostenido por la prueba. Como bien señalaba Friedrich Nietzsche, “el rebaño no ama a los que se apartan; el rebaño odia al que rompe las reglas, pero sobre todo odia al que piensa por sí mismo”.

    Las consecuencias de este autoengaño colectivo se repiten en la historia. A nivel político, el mito fundacional del Uruguay del siglo XIX a menudo se construyó sobre ficciones y relatos acomodados que ocultaban las tensiones reales y la invisibilización de los sectores vulnerables bajo la fachada de una supuesta democracia modelar. Cuando se prefiere el mito decorativo a la crudeza del archivo, la política se vuelve un ejercicio de simulación donde los gobernantes apelan a grandes ideales mientras vacían de contenido la realidad institucional.

    INCOMODAR

    Ante este panorama de repetición y desidia, surge una pregunta inevitable y cortante: ¿de quién es la culpa de que las cosas sigan ocurriendo así? ¿Es solo de los farsantes, de los burócratas o de los tramposos de turno, o es, en última instancia, de una sociedad que ha decidido abdicar de su responsabilidad, ser permisivo y complaciente, premiar la comodidad del aplauso fácil y preferir el cálido refugio del engaño antes que la fría intemperie de la verdad?

    Es necesario incomodar. Ser complaciente tiene muchas más desventajas que ventajas: se renuncia a la tranquilidad propia y se entrega la verdad a cambio de una paz de cartón y una ilusión de aceptación y validación. La pregunta que debemos hacernos es inexorable: el día en que tanto autoengaño colapse y se descubra que nada de lo que sosteníamos era verdad, ¿qué vamos a hacer? No habrá forma de volver al tiempo atrás para enmendar la cobardía. Las acciones tienen consecuencias ineludibles, y cuando nos negamos a pensar por cuenta propia, terminamos condenados a soportar las quejas, la decadencia y los momentos horribles tanto a nivel social como político.

    La verdad no es una narrativa negociable ni un consenso de palmaditas en la espalda. Lo que es verdad es lo que se comprueba, lo que resiste el escrutinio de los hechos y del rigor. Vivir atrapados en el relativismo es elegir la comodidad de ese rebaño: seguir mansamente la corriente para no incomodar a nadie, renunciando a la propia autonomía cultural, intelectual y moral.

    Es hora de hacer una invitación abierta a sacudirse esa inercia colectiva que celebra la mediocridad, premia la simulación y castiga la disidencia. La vida no es para aplaudir cualquier cosa ni para encajar a costa de la propia dignidad. Sostener la exigencia, rechazar el acomodo y decir las cosas como son no es buscar conflicto por capricho, sino el único camino para despertar de este letargo. Al final, el que relativiza lo evidente para evitar el peso de la prueba no hace otra cosa que descalificarse a sí mismo.

    Andrés Llorente Tellechea
    Investigador independiente, autor y estudiante de la Licenciatura en Archivología.

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