Pablo Melgar
Los últimos datos presentados por Ignacio Zusnábar confirman una tendencia que el sistema político uruguayo observa desde hace tiempo, aunque rara vez con tanta nitidez empírica: la popularidad política se ha concentrado en muy pocas figuras, mientras el resto del elenco dirigente transita bastante más atrás, en una meseta de aprecios moderados y, sobre todo, limitados.
El trabajo vuelve a poner en evidencia una distinción clave, tantas veces subestimada en el análisis político: no es lo mismo ser conocido que ser apreciado. Uruguay es un país de alta politización, donde la mayoría de los ciudadanos identifica nombres, cargos y trayectorias. Pero el conocimiento no se traduce automáticamente en simpatía. En ese terreno, el ranking es corto y contundente.
Solo dos dirigentes logran despegarse con claridad del resto: el presidente Yamandú Orsi y el ex presidente Luis Lacalle Pou. Ambos se ubican cerca del 50% de aprobación, una frontera históricamente esquiva para los líderes políticos uruguayos, y lo hacen con una ventaja amplia sobre cualquier otro actor del sistema. El dato es doblemente significativo: uno ejerce hoy la Presidencia y el otro dejó el cargo hace muy poco. El poder —ejercido o recientemente ejercido— sigue siendo un factor central de visibilidad y valoración, aun en un contexto de creciente fragmentación política.
Detrás de ese duopolio de popularidad aparece un segundo escalón mucho más bajo, integrado por dirigentes que concitan el aprecio de alrededor de un tercio de la población. Allí conviven figuras de trayectorias, estilos y pertenencias partidarias muy distintas: Lucía Topolansky, Carolina Cosse, Pedro Bordaberry, Andrés Ojeda, Blanca Rodríguez y Beatriz Argimón. El grupo es heterogéneo, pero comparte una característica: ninguno logra romper el techo que separa a los líderes ampliamente valorados de aquellos que generan adhesiones parciales y, muchas veces, intensas pero acotadas.
Más abajo aún se ordena un tercer “pelotón”, con niveles de simpatía que oscilan entre el 20% y el 25%. Allí aparecen senadores nacionalistas con proyección y experiencia —Álvaro Delgado, Martín Lema y Javier García— junto a dirigentes frenteamplistas con responsabilidades ejecutivas relevantes, como el intendente Mario Bergara, el secretario de Presidencia Alejandro “Pacha” Sánchez, el ministro de Economía Gabriel Oddone y la ministra de Salud Cristina Lustemberg. Cierran la lista de los quince más valorados, aunque en varios casos la distancia con quienes quedaron afuera se mide en décimas.
El mapa que surge de estos datos es revelador por lo que muestra, pero también por lo que omite. No aparece ningún intendente del interior entre los quince primeros. En rigor, la única figura claramente asociada al interior es el propio presidente Orsi. La política territorial, tan relevante en la lógica institucional uruguaya, no parece traducirse automáticamente en popularidad nacional. La visibilidad sigue concentrada en Montevideo, en el Parlamento y, sobre todo, en el Poder Ejecutivo.
También resulta llamativo el bajo peso relativo de las redes sociales en la construcción de esta valoración. En tiempos en que suele sobredimensionarse la influencia digital, el dato de que solo Lacalle Pou supera holgadamente los 450.000 seguidores en X relativiza la idea de que el volumen de audiencia virtual sea un atajo hacia la simpatía política masiva. La popularidad, al menos en Uruguay, continúa anclada en el desempeño, la trayectoria y la exposición institucional, más que en la lógica algorítmica.
En términos más estructurales, el estudio de Zusnábar sugiere un sistema político con liderazgos escasos y una base amplia de dirigentes medianamente valorados, pero sin capacidad de arrastre generalizado. Esto puede leerse como un síntoma de madurez democrática —menos personalismos, más institucionalidad— o como una señal de debilidad del recambio, según el ángulo desde el que se observe.
Lo cierto es que, hoy, la política uruguaya parece funcionar con pocos polos de atracción y muchos actores orbitando a distancia. En ese escenario, la construcción de liderazgo sigue siendo una tarea larga, exigente y, sobre todo, incierta. Los números recuerdan que la simpatía ciudadana no se hereda, no se decreta y tampoco se multiplica fácilmente. Se construye —y se pierde— con el tiempo.
