Queridos lectores:
Esta semana comenzamos a reflexionar sobre una realidad que atraviesa la vida de todas las familias: el mundo del trabajo y los profundos cambios que estamos viviendo. Por la amplitud y la importancia del tema, lo abordaremos en dos partes.
Vivimos tiempos de grandes transformaciones. La tecnología avanza a una velocidad que muchas veces nos cuesta comprender.
La inteligencia artificial, la automatización y la digitalización están modificando las formas de producir, de trabajar y hasta de relacionarnos. Surgen nuevas profesiones, otras desaparecen y las exigencias del mercado laboral cambian constantemente.
Ante este escenario hay una pregunta que considero fundamental: ¿qué lugar ocupa la persona en medio de todas estas transformaciones?
No es solamente una pregunta económica. Es, ante todo, una pregunta profundamente humana. Durante mucho tiempo hemos aprendido a hablar del trabajo en términos de productividad, eficiencia, competitividad, crecimiento y resultados.
Todo eso tiene su importancia. Una sociedad necesita producir, crecer y generar oportunidades. Pero existe un riesgo cuando comenzamos a mirar al trabajador solamente como un número, un costo, una estadística o una pieza reemplazable dentro de una estructura productiva.
LA PERSONA NO PUEDE QUEDAR EN SEGUNDO LUGAR
El trabajo tiene una dignidad propia porque quien trabaja es una persona. No importa si se trata de un profesional, un trabajador rural, un empleado de comercio, un obrero, un emprendedor, alguien que trabaja por cuenta propia o quien realiza tareas de cuidado.
Todo trabajo honesto aporta algo a la sociedad y expresa, de alguna manera, la creatividad, el esfuerzo y la dignidad de quien lo realiza.
Por eso necesitamos recuperar una verdad sencilla, pero fundamental: el trabajo debe estar al servicio del ser humano y no el ser humano al servicio del trabajo.
DETRÁS DE CADA ESTADÍSTICA HAY UN ROSTRO
Cuando hablamos de desempleo, precariedad laboral o bajos salarios, solemos hacerlo a través de porcentajes y cifras. Pero detrás de cada número existe una historia.
Detrás de una persona desempleada hay alguien que puede sentir que ha perdido su lugar en la sociedad. Hay una familia que debe reorganizar su vida. Hay jóvenes que no encuentran oportunidades y comienzan a preguntarse si vale la pena estudiar, capacitarse y esforzarse.
Hay adultos que, después de muchos años de trabajo, descubren que las nuevas exigencias del mercado los dejan fuera. Y también están quienes tienen trabajo, pero viven con el permanente temor de perderlo.
La precariedad laboral no significa solamente estar desempleado. También puede expresarse en salarios insuficientes, contratos inestables, jornadas excesivas, falta de protección social, ambientes laborales que afectan el bienestar o empleos que terminan ocupando prácticamente todo el espacio de la vida.
Hay personas que trabajan mucho y, sin embargo, no logran vivir dignamente. Hay quienes llegan a sus casas agotados y descubren que casi no les queda tiempo para conversar con sus hijos, acompañar a sus padres, cultivar amistades, participar de la comunidad o simplemente descansar.
Entonces aparece una pregunta que no podemos esquivar: ¿Qué clase de progreso estamos construyendo si para producir más terminamos viviendo peor?
EL SALARIO Y LA DIGNIDAD
Una sociedad justa no puede considerar el salario simplemente como el precio de una tarea. Detrás de cada remuneración existe una persona que necesita sostener su vida, su hogar y sus responsabilidades.
Por eso, hablar de un salario justo es hablar también de dignidad. El bienestar de un país tampoco puede medirse únicamente por cuánto produce. Tenemos que preguntarnos cómo produce, quiénes participan de esa riqueza y quiénes quedan al margen. Una economía puede crecer y, al mismo tiempo, dejar personas atrás.
El verdadero desarrollo debería ser capaz de generar riqueza, pero también oportunidades, inclusión, protección y dignidad. El crecimiento económico adquiere verdadero sentido cuando se traduce en una mejor calidad de vida y cuando permite que nadie sea considerado descartable.
TECNOLOGÍA: OPORTUNIDAD Y DESAFÍO
La transformación tecnológica no debe ser mirada solamente con temor. La inteligencia artificial, la automatización y la digitalización pueden abrir enormes posibilidades. Pueden ayudarnos a realizar tareas pesadas o peligrosas, mejorar servicios, aumentar la eficiencia, crear nuevas profesiones y permitirnos desarrollar capacidades que antes no imaginábamos.
No obstante, la pregunta fundamental no es únicamente qué puede hacer la tecnología, sino qué queremos hacer nosotros con ella.
Si la tecnología ayuda a liberar al ser humano de tareas penosas, favorece su creatividad, mejora su calidad de vida y amplía sus oportunidades, estamos ante una verdadera posibilidad de progreso. Pero si se utiliza exclusivamente para aumentar ganancias, reducir puestos de trabajo sin alternativas, convertir a las personas en simples costos o generar nuevas formas de precariedad, tendremos que detenernos y preguntarnos hacia dónde estamos caminando.
El desafío no consiste en detener el cambio. El desafío consiste en humanizarlo. La innovación necesita estar acompañada por responsabilidad, formación y protección para quienes puedan quedar más expuestos ante estas transformaciones.
¿Tenemos tiempo para vivir? Hay otra dimensión que no podemos olvidar: el trabajo y la familia.
Detrás de cada trabajador existe una historia, una familia, vínculos, afectos y responsabilidades. El trabajo sostiene muchas veces la vida familiar, pero también puede terminar debilitándola cuando las exigencias laborales ocupan todo el tiempo y toda la energía de una persona. Largos desplazamientos, múltiples empleos, horarios interminables, incertidumbre y agotamiento físico y emocional terminan afectando la convivencia.
Por eso, una economía verdaderamente humana debería hacerse también una pregunta sencilla: ¿las personas tienen tiempo para vivir? Porque vivir no es solamente trabajar.
Vivir también es descansar, encontrarse con quienes amamos, acompañar a nuestros hijos, cuidar a nuestros mayores, cultivar amistades, participar en la comunidad, disfrutar de la cultura, rezar, pensar y recuperar fuerzas.
El descanso no es un lujo. También forma parte de la dignidad humana. Cuando una sociedad organiza el trabajo de tal manera que las personas no tienen tiempo para sus familias, sus vínculos, su salud, su descanso o su vida interior, algo importante está fallando.
El progreso no puede medirse solamente por la cantidad de bienes que somos capaces de producir. También debería medirse por la capacidad que tenemos de hacer posible una vida más humana.
Tal vez este sea uno de los grandes desafíos de nuestro tiempo: no elegir entre economía y persona, entre tecnología y trabajo, entre productividad y bienestar, sino construir un modelo en el que todas estas dimensiones puedan estar al servicio de algo mayor: la dignidad de cada ser humano.
Porque al final de cualquier transformación económica, tecnológica o laboral, hay siempre una persona. Y ninguna sociedad verdaderamente desarrollada puede permitirse olvidarlo.
Pbro. Fernando Pereira Chaparro
Cura párroco de la Parroquia “Santa Teresita”.
