La escena fue tan inesperada como elocuente. En plena sesión de la Cámara de Diputados, la diputada Adriana Peña se colocó un burka. El gesto, explicó luego, buscaba expresar solidaridad con las mujeres iraníes sometidas al régimen teocrático de la Ali Khamenei y los ayatolás.
El episodio podría haber derivado en una discusión relevante: la situación de las mujeres en Irán, las restricciones que impone el sistema político-religioso chií y las protestas que desde hace años sacuden a ese país. Sin embargo, el debate tomó otro camino, mucho más previsible y, también, mucho más pobre.
Desde las redes sociales y algunos ámbitos políticos se instaló rápidamente un cuestionamiento que, por repetido, terminó eclipsando cualquier otra discusión: Peña no debió usar un burka sino un hiyab. A partir de ese punto se desplegó una coreografía conocida. Una misma idea repetida, amplificada y replicada hasta el cansancio, como si el matiz terminológico fuese la clave del asunto.
La dinámica recuerda a un principio clásico de la propaganda descrito por Joseph Goebbels: limitar el mensaje a pocas ideas y reiterarlas de forma incansable, desde distintos ángulos, hasta que ocupen todo el espacio de discusión. El resultado es una conversación pública empobrecida, donde la forma devora al fondo.
Porque lo relevante no era -ni es- la prenda exacta. Lo relevante es el problema que el gesto pretendía señalar: la condición de millones de mujeres que viven bajo un sistema donde la ley religiosa y el poder político se confunden, y donde la autonomía personal puede terminar reprimida por el aparato estatal.
Las protestas que han recorrido Irán en los últimos años, muchas de ellas protagonizadas por mujeres jóvenes, no son una abstracción académica. Son episodios de enorme riesgo personal en un régimen donde la disidencia suele pagarse con cárcel, violencia o muerte.
En ese contexto, la reacción local revela otra cosa: la facilidad con que ciertos sectores convierten cualquier gesto político en una oportunidad para el linchamiento simbólico. No importa tanto el tema de fondo -en este caso, la situación de las mujeres iraníes- sino la posibilidad de señalar un error, amplificarlo y convertirlo en motivo de escarnio.
Las redes sociales potencian ese fenómeno. El debate público se transforma en una plaza donde una multitud arroja piedras retóricas con la convicción de estar del lado correcto. La lapidación es figurada, pero la lógica se parece demasiado a la de aquellas escenas que el propio gesto de Peña buscaba denunciar.
Hay, además, una paradoja difícil de ignorar. Muchos de quienes se apresuraron a corregir la prenda o a ridiculizar el gesto no parecen especialmente interesados en la situación de las mujeres iraníes. El conocimiento sobre Irán -su geografía, su cultura chií, su compleja historia política- suele ser más bien escaso.
Eso no impide, sin embargo, participar con entusiasmo en la polémica.
Quizá por eso el episodio deja una lección incómoda. Las sociedades que se consideran abiertas y sofisticadas también pueden caer en dinámicas de intolerancia y simplificación.
La cultura islámica es bastante más compleja de lo que algunos comentaristas pueden suponer. Llama la atención tanto esfuerzo comunicacional en marcar un detalle. Los vínculos de la teocracia atómica son muy amplios. Se sabe que están en Bolivia, Venezuela, Argentina y Uruguay.
No hace falta una teocracia para convertir el espacio público en una plaza de escarmiento. A veces basta con un coro suficientemente disciplinado y una discusión lo bastante superficial.
Pablo Melgar
