Hay cosas que deberían ser bastante sencillas. Pagar los salarios de los funcionarios de una Intendencia, por ejemplo.
Un administrador responsable empieza por donde corresponde: mira la caja. ¿Hay dinero? Perfecto. Se pagan los salarios, se cumplen las obligaciones y se continúa con los planes previstos. ¿No hay dinero suficiente? Entonces se buscan alternativas: crédito, reducción de gastos, postergación de inversiones, eliminación de aquello que no sea imprescindible. En una palabra: se ordena.
El crédito, en sí mismo, no es una mala palabra. Puede ser una herramienta razonable cuando sirve para atravesar una dificultad financiera concreta y existe capacidad para devolverlo. Lo que resulta peligroso es utilizarlo para seguir gastando como si el problema no existiera.
Porque después llega la parte menos simpática de administrar: decidir qué se corta.
Y allí aparece la grasa. Todo presupuesto tiene grasa. Gastos que pueden esperar, estructuras que pueden adelgazar, contrataciones que no son imprescindibles, privilegios que pueden desaparecer, decisiones que pueden revisarse. La administración seria empieza por ahí. No por los que tienen menos capacidad de defensa.
Ahora cambiemos el escenario.
Hay que pagar los salarios. Se mira la caja. Hay dinero. Entonces se paga, pero además se pide crédito “por las dudas”. Y, ya que estamos, se contrata a los amigos, a los conocidos, a los compañeros, a los recomendados. El presupuesto empieza a engordar mientras la caja adelgaza.
Hasta que llega el día en que ya no queda suficiente dinero.
Entonces hay que recortar.
Pero, curiosamente, la tijera no cae sobre la grasa. Cae sobre el músculo más débil. Sobre el trabajador que tiene un contrato precario. Sobre quien depende de una changa. Sobre aquel que no tiene un dirigente poderoso detrás. Sobre el que pertenece al partido rival. Sobre quien puede ser despedido sin que el costo político resulte demasiado alto.
La paradoja es casi perfecta: primero se gasta sin mirar demasiado; después se descubre que falta dinero; finalmente se presenta el recorte como una inevitable consecuencia de la realidad.
No lo es.
La realidad financiera puede obligar a reducir gastos. Lo que no determina es a quién se reduce.
Eso es una decisión política.
Y hay una diferencia enorme entre administrar una crisis y utilizar una crisis para administrar políticamente los recursos humanos de una institución.
Un gobierno serio debería poder explicar cuánto tiene, cuánto debe, cuánto necesita para pagar salarios, cuánto puede endeudarse y qué gastos piensa reducir. También debería explicar por qué se mantiene una contratación mientras se elimina otra. Y, sobre todo, debería responder una pregunta muy sencilla: ¿el criterio es económico o político?
Porque si se les pide sacrificios a los trabajadores mientras se preservan cargos innecesarios, el problema ya no es solamente de caja.
Es de prioridades.
Y si se despide al que menos puede defenderse mientras se continúa contratando a los propios, tampoco estamos frente a un simple ajuste administrativo.
Estamos frente a una forma de entender el poder.
Las cuentas públicas no distinguen colores partidarios. Un peso de déficit es un peso de déficit. Una cuota de crédito se paga igual si quien la contrajo es blanco, frenteamplista, colorado o independiente.
Por eso administrar una Intendencia debería parecerse bastante a administrar una casa: primero se paga lo esencial; después se analiza qué puede esperar; si hace falta crédito, se calcula si puede devolverse; y cuando hay que ahorrar, se empieza por aquello que no es necesario.
Lo contrario tiene una lógica muy sencilla, también. Primero se gasta, después se contrata y luego se acaba la plata.
Y finalmente se descubre que el problema eran los demás.
Peras y bananas, en definitiva, pueden mezclarse en una ensalada. Pero las cuentas públicas no deberían mezclarse con la lógica del favor, el amiguismo ni la conveniencia partidaria.
Porque cuando se acaba la plata, lo que queda al descubierto no es solamente el estado de la caja.
También queda al descubierto el criterio con el que se gobernó.
Pablo Melgar
