Pablo Melgar
Anoche, en el recinto de la Junta Departamental de Lavalleja, el aroma del café —o su
fantasma— se metió por las hendijas del debate y terminó impregnándolo todo. No era un
perfume cálido, sino un olor tenso, como de cosas no dichas.
La alta humedad en el ambienta le daba un tono tropical a la situación, tal vez un aire
surrealista más cercano a Gabriel García Márquez que a Juan José Morosoli.
El asunto, en apariencia doméstico, venía con ropaje burocrático: un llamado a precios para
instalar una máquina expendedora de café molido y otras bebidas calientes. Nada más. O nada
menos. El proyecto había sido preparado con esmero por la Comisión de Presupuesto, que
incluyó en sus pliegos el misterio técnico de qué es, en definitiva, un café molido.
Fue el nacionalista Hugo Olascuaga quien rompió el silencio inicial. Pidió la palabra con la
misma gravedad con que se anuncia una mala noticia y declaró que el llamado ya estaba mal
parido: “Esto no es café molido, es café express”, sentenció, como si al corregir una palabra
corrigiera el rumbo del mundo. Después se declaró enemigo de las máquinas.
Prefería, dijo, el “espectacular café” que prepara a mano la funcionaria de la Junta, un ritual
que él defendió como si fuera una tradición de linaje. “La máquina pasa más tiempo
descompuesta que funcionando”, advirtió, con una sombra de pesadumbre.
La abogada Gabriela Umpiérrez intervino apenas para interrogar al procedimiento, mientras
que el frenteamplista Osorio Gadea, uno de los responsables del proyecto, explicó con
paciencia botánica que el café molido es el que se obtiene del grano triturado en el acto. Había
en su tono la resignación del que corrige un malentendido antiguo.
Los colorados tampoco acompañaron. Néstor Calvo habló de la funcionaria que “se ocupa de la
cafetería para ediles y visitantes”, y sugirió que quizá, cuando ella se jubile, se podrá buscar un
camino más económico. Su correligionario Gerardo Palumbo, más severo, aseguró que su
experiencia con “maquinitas” —así las llamó— era un “rompedero de cabeza permanente”.
Entre risas veladas soltó que la funcionaria “malcría” a los ediles, como si la política, además
de votos, también necesitara mimos.
La coordinadora nacionalista Ana Laura Nis recordó que la discusión venía de lejos, de cuando
se decidió mudar la Junta. Se sorprendió de la repentina proliferación de expertos en
cafeteras, y anotó que la funcionaria tiene horarios que cumplir y una Junta que hoy trabaja en
dos locales con más comisiones que antes. No era, dijo, un gasto nuevo, sino un
arrendamiento para evaluar servicios. Citó universidades donde las máquinas funcionan sin
escándalos ni tragedias.
Entonces, cuando el debate parecía agotado, los ediles pidieron cinco minutos de cuarto
intermedio. Salieron. Tomaron un café. Volvieron. Parecía un chiste involuntario, pero la
escena tenía algo de realismo mágico: discutir sobre la instalación de una máquina mientras se
sorbe un café preparado a mano, a metros del recinto donde se votan los destinos del
departamento.
