Queridos lectores:
La segunda parte de “Magnífica Humanidad”, del Papa León XIV, nos deja una invitación que no podemos pasar por alto: volver a poner a la persona en el centro.
En un mundo atravesado por cambios tecnológicos, conflictos, desigualdades y profundas divisiones sociales, el Papa nos propone no resignarnos. Nos invita a preguntarnos qué humanidad queremos construir y qué lugar queremos darle a la dignidad, al trabajo, a la libertad, a la verdad, a la solidaridad y a la esperanza.
No se trata solamente de analizar lo que sucede en nuestro mundo. Se trata de preguntarnos qué hacemos nosotros frente a esta realidad.
LA IGLESIA COMO LUGAR DE ENCUENTRO
Uno de los desafíos que esta reflexión plantea especialmente a la Iglesia es recuperar su vocación de ser casa abierta, comunidad y lugar de encuentro.
La Iglesia no puede ser solamente un espacio donde celebramos actos religiosos. Está llamada a ser una escuela de fraternidad, donde quien llega herido encuentre una puerta abierta; donde quien está solo encuentre compañía; donde quien necesita ayuda encuentre cercanía; y donde incluso quien piensa diferente pueda sentirse escuchado.
La Eucaristía nos recuerda que somos un solo cuerpo en Cristo. Por eso, nuestra fe no puede encerrarse en una experiencia individual. Tiene que transformarse en solidaridad concreta, especialmente con quienes sufren.
Esta parte de la encíclica nos puede llevar a una pregunta muy sencilla:
“¿Nuestras comunidades cristianas son realmente lugares donde las personas se sienten acogidas y acompañadas?”.
RECONSTRUIR PIEDRA POR PIEDRA
La imagen de Nehemías reconstruyendo Jerusalén es una de las más hermosas de esta segunda parte. Nehemías encuentra una ciudad herida. No se queda contemplando las ruinas. Escucha, ora, discierne y comienza a reconstruir.
También nosotros tenemos muchas cosas que reconstruir: la confianza, los vínculos, el diálogo, la esperanza, las oportunidades y la capacidad de reconocernos como hermanos.
No podremos resolver todos los problemas de nuestra sociedad, pero sí podemos comenzar por aquello que está a nuestro alcance. Quizás no podamos cambiar el mundo entero, pero podemos cambiar la manera en que tratamos a quien tenemos cerca.
¿Qué piedra me corresponde colocar a mí?
Esta pregunta puede ser una buena puerta de entrada para leer la encíclica y descubrir que el cambio social también comienza con pequeñas decisiones cotidianas.
MIRAR DESDE LOS PEQUEÑOS
La mirada de María en el “Magníficat” nos invita a contemplar la realidad desde los pequeños, desde los humildes, desde quienes muchas veces no tienen voz.
Y esto cambia nuestra manera de mirar.
¿Cómo se ve nuestra sociedad desde una familia que atraviesa dificultades?
¿Cómo se ve desde un joven que no encuentra oportunidades?
¿Cómo se ve desde un anciano que vive en soledad?
¿Cómo se ve desde quien lucha contra una adicción?
¿Cómo se ve desde quien se siente excluido o no escuchado?
Mirar desde abajo nos permite descubrir realidades que quizás desde nuestra comodidad no alcanzamos a percibir. Cuando cambia nuestra mirada, también puede comenzar a cambiar nuestra manera de actuar.
UNA TAREA DE TODOS
Otro mensaje importante es que nadie está exento de responsabilidad. La construcción de una sociedad más humana no depende solamente de los gobiernos o de las grandes instituciones. También depende de los padres y madres que educan, de los docentes que acompañan, de los periodistas que comunican, de los empresarios que generan trabajo digno, de los jóvenes que buscan nuevos caminos, de los vecinos que se ayudan y de cada ciudadano que decide no alimentar el odio ni la indiferencia.
Todos tenemos un lugar desde donde podemos construir.
Y aquí aparece una pregunta que vale la pena hacerse: ¿Estoy contribuyendo a construir una sociedad más humana o, sin darme cuenta, estoy alimentando aquello que nos divide?
LA TECNOLOGÍA AL SERVICIO DE LA PERSONA
La encíclica también nos enfrenta a uno de los grandes desafíos de nuestro tiempo: la inteligencia artificial y las nuevas tecnologías.
La pregunta no es solamente qué puede hacer la tecnología, sino qué queremos hacer nosotros con ella.
El verdadero progreso no puede medirse únicamente por lo que somos capaces de producir. Tiene que medirse también por nuestra capacidad de cuidar, de respetar, de incluir y de reconocer la dignidad de cada persona.
La tecnología debe estar al servicio del ser humano y no convertir al ser humano en un instrumento. Por eso, una pregunta queda abierta: ¿Qué clase de humanidad queremos construir en medio de una revolución tecnológica que recién comienza?
PARA LEER Y DEJARNOS INTERPELAR
Quizás uno de los mayores regalos de la encíclica “Magnífica Humanidad” sea precisamente que no nos ofrece solamente respuestas. Nos invita a hacernos preguntas. Por eso sería bueno animarnos a leerla personalmente, en familia, en nuestras comunidades, en nuestros grupos y espacios de reflexión. Podemos comenzar preguntándonos:
¿Qué parte de nuestra sociedad necesita hoy ser reconstruida?
¿Qué muros existen entre nosotros? ¿Qué puente puedo tender yo?
¿A quién estoy dejando fuera de mi mirada? ¿Soy capaz de escuchar a quien piensa diferente?
¿Cómo estoy utilizando las redes sociales y la tecnología?
¿Qué lugar ocupan los pobres y vulnerables en mis decisiones? ¿Qué estoy haciendo concretamente para construir esperanza?
Y quizás la pregunta más profunda: ¿Qué clase de sociedad quiero ayudar a construir?
La respuesta no pertenece solamente a los gobernantes, a la Iglesia o a las instituciones. Nos pertenece a todos. León XIV nos recuerda que no estamos condenados a vivir en una cultura de enfrentamiento. Podemos elegir otro camino: pasar de la indiferencia al cuidado, del miedo a la esperanza, de la confrontación al diálogo, de los muros a los puentes y de la cultura del poder a la civilización del amor.
Como Nehemías, estamos llamados a reconstruir piedra por piedra. Y quizás esta sea la invitación final de “Magnífica Humanidad”, no perder lo esencial en medio de un mundo que cambia rápidamente: el rostro humano, la dignidad de cada persona, la capacidad de amar y la esperanza de que todavía podemos construir juntos un mundo mejor.
Los invito a leer esta encíclica, a dejarse interpelar por ella y, sobre todo, a descubrir qué nos está pidiendo hoy a cada uno de nosotros.
Porque una sociedad diferente no comienza cuando todos cambian. Comienza cuando algunos deciden empezar a construir de otra manera. Y como cristianos, sabemos que no caminamos solos.
Cristo es nuestra paz.
Pbro. Fernando Pereira Chaparro
Cura párroco de la Parroquia “Santa Teresita”.
