Vivimos en una sociedad que habla mucho de respeto, solidaridad y empatía, pero que, en ocasiones, parece olvidar el valor de reconocer al otro. La indiferencia, la envidia y la necesidad de menospreciar a alguien se han convertido en actitudes que lastiman, dividen y deterioran nuestras relaciones.
A veces, el éxito ajeno incomoda. En lugar de alegrarnos por los logros de los demás, buscamos defectos, minimizamos sus esfuerzos o restamos importancia a lo que hacen. Como si disminuir al otro nos hiciera mejores.
Pero la luz de otra persona no apaga la nuestra. El reconocimiento que recibe alguien no nos quita valor, ni sus capacidades disminuyen las nuestras.
La indiferencia también puede herir. Ignorar deliberadamente, excluir o hacer sentir a alguien que no importa son formas silenciosas de desprecio. Detrás de cada persona hay una historia, esfuerzos, sueños y heridas que desconocemos. Nunca sabemos cuánto le ha costado llegar hasta donde está. Por supuesto, no siempre estaremos de acuerdo con todos ni tendremos que mantener todos los vínculos. Podemos discrepar, poner límites y expresar nuestras diferencias. Lo importante es hacerlo sin humillar ni desconocer la dignidad del otro.
La verdadera grandeza no consiste en ocupar un lugar más alto que los demás, sino en saber reconocer sus méritos sin sentirnos amenazados. Está en poder felicitar, agradecer, escuchar y tender una mano, incluso cuando pensamos diferente.
También conviene mirarnos hacia dentro. Todos podemos caer alguna vez en la comparación o el juicio injusto. La diferencia está en reconocerlo y decidir qué hacemos con ello.
No somos más grandes por hacer sentir pequeños a los demás. Somos mejores cuando nuestras palabras y actitudes ayudan a construir, cuando elegimos el respeto en lugar del desprecio y la generosidad en lugar de la envidia.
En tiempos de tantas divisiones, quizás el cambio comience con algo sencillo: aprender a reconocer el bien ajeno, tratar a cada persona con dignidad y no permitir que nuestras propias inseguridades se conviertan en heridas para los demás.
Porque la vida es demasiado breve para gastarla compitiendo, alimentando resentimientos o celebrando la caída de alguien. Siempre será más valioso construir que destruir, acercar que excluir y reconocer que menospreciar.
La calidad humana no se mide por cómo tratamos a quienes admiramos, sino también por cómo tratamos a aquellos a quienes no necesitamos.
Queridos lectores, que tengamos una buena semana, con menos indiferencia, más empatía y la capacidad de alegrarnos por el bien de los demás.
Cristo es nuestra paz.
Pbro. Fernando Pereira Chaparro
Cura Párroco Parroquia Santa Teresita
