Ayer conocí a Diego Ross. Se presentó sin vueltas: “Soy obrero”. Lo dijo con esa naturalidad con que los paisanos nombran las cosas importantes.
Estaba feliz. Llevaba cuarenta y ocho horas de caballo encima y, sin embargo, tenía el rostro de quien acaba de cumplir una promesa.
Lo encontré en el Parque de los Aliados, junto a la Carreta de Belloni. Dos buenos matungos, el poncho enrollado detrás del recado y el cansancio apenas insinuado en los ojos.
Dos días antes había salido desde el cruce de las rutas 8 y 9, donde vive y trabaja. Su hija recibía el título de doctora en Medicina y él le había prometido acompañarla a caballo el día de la graduación.
Cumplió.
Me acerqué a felicitarlo. No habló de hazañas ni de sacrificios propios. Habló del esfuerzo de la familia y, sobre todo, del de esa muchacha que durante ocho años salió de su casa con lluvia, frío, calor o viento para estudiar una carrera que exige más que inteligencia: exige perseverancia.
En el fondo, Diego no había venido a exhibir un caballo; había venido a honrar una historia.
Mientras lo escuchaba recordé otro episodio.
En 2015, Ignacio Lucas, un joven de Arévalo, en Cerro Largo, cruzó más de cuatrocientos kilómetros para buscar su título en la Universidad de la Empresa. Partió acompañado por su padre y un tío. Su abuelo había fallecido poco tiempo antes, y antes de emprender el viaje fue hasta el campo familiar a buscar la yegua del tata.
Con ella atravesó el país, durmiendo en estancias y pueblos donde desconocidos lo recibieron con esa solidaridad silenciosa que todavía sobrevive en el Uruguay profundo.
Hay quienes creen que estas historias son simples curiosidades folclóricas.
Se equivocan. Son mucho más que eso. Son una forma de entender el mundo.
Porque el caballo, en estos casos, no es un medio de transporte. Es un puente entre generaciones. Es el abuelo que sigue acompañando al nieto, el padre que respalda a la hija, el campo que entra a la universidad sin pedir permiso. Es la certeza de que el progreso no obliga a renunciar a las raíces.
Y mientras pensaba en Diego y en Ignacio, caí en la cuenta de que quizás una de las noticias más importantes del año haya pasado con menos ruido del que merecía: se graduó en Paysandú la primera generación de médicos formada íntegramente fuera de Montevideo. Quince nuevos profesionales. Quince familias que demostraron que el talento no tiene por qué emigrar para florecer. Quince señales de que el país puede empezar a corregir una vieja injusticia centralista.
Tal vez ese sea el verdadero significado de estas cabalgatas.
Nadie quiere romantizar el pasado. Se trata de afirmar que el futuro también puede construirse desde el interior, con acento de campaña, con manos de trabajador y con un caballo ensillado esperando en el galpón.
Hay un Uruguay que a veces no aparece en las estadísticas ni en los debates televisivos. Es el Uruguay de las promesas cumplidas. El de los padres que hacen kilómetros para abrazar a sus hijos cuando reciben un título. El de los abuelos que siguen presentes a través de una yegua, un recado o un poncho.
No importa, entonces, si hablamos de jóvenes médicos o de caballos.
Lo importante es otra cosa: la defensa de las raíces.
Pablo Melgar
