Pablo Melgar
Pagar los salarios en fecha no es un gesto administrativo ni una formalidad contable. Es, antes
que nada, un pacto ético básico entre quien dirige una organización y quienes sostienen su
funcionamiento cotidiano. Cuando ese acuerdo se resiente, aunque sea de manera transitoria,
el daño rara vez es solo financiero: impacta en la confianza, en el clima interno y, sobre todo,
en la credibilidad de quien gobierna.
He visto empresarios quebrarse en lágrimas por no poder cumplir a tiempo con ese
compromiso. No por filantropía, sino porque saben que los equipos no son piezas
intercambiables. Son personas con rutinas, deudas, expectativas, talentos y fragilidades. Esa
lógica no cambia cuando se pasa del sector privado al público; si acaso, se vuelve más
exigente.
El personal de la Intendencia de Lavalleja esperaba encontrar su salario depositado el viernes
pasado. No ocurrió. Es probable —y casi seguro— que el sueldo de diciembre se pague en la
fecha estipulada por el convenio colectivo. Desde una mirada estrictamente liberal, el asunto
podría cerrarse ahí: mientras se cumpla el contrato, no hay infracción. Pero esa lectura omite
el dato central: aquí no estamos ante un problema técnico, sino político.
Los funcionarios municipales no se autoperciben como liberales y el gobierno departamental
se reivindica de izquierda. En ese cruce de identidades, las expectativas pesan tanto como los
hechos. Cuando un gobierno que se presenta como garante de derechos laborales incurre en
silencios o desprolijidades de este tipo, el margen de tolerancia se achica. Alguien, claramente,
no está actuando como otros esperan que lo haga.
El error no fue —o no solo— el atraso. Fue la falta de comunicación. Un aviso a tiempo, una
explicación clara y directa, hubiera desactivado el malestar antes de que se transformara en agravio. No ocurrió. Otra vez, la comunicación del gobierno departamental llega tarde o no llega. Y en política, el silencio casi nunca es neutro.
No se trata de dramatizar ni de sobreactuar conflictos. Se trata de entender que, en la gestión
pública, los gestos cuentan. Y que el salario, más que un número en una cuenta bancaria, es un
termómetro sensible de coherencia política y de respeto institucional. En Lavalleja, esta vez,
marcó fiebre.
