En diciembre de 1892 se eligió un Colegio Electoral que efectuaría la proclamación de Senador por el departamento de Minas.
Las voluntades de los miembros de este cuerpo, integrado por nueve ciudadanos -todos de filiación colorada- estaban divididas entre los seguidores del caudillo local José Melogno, que patrocinaba al colorado tajista Gral. Pedro De León y los pro-gubernistas, que apoyaban la candidatura del Dr. Prudencio Ellauri.
LA INFLUENCIA DIRECTRÍZ
Los partidarios del gobierno obedecían a la orientación del presidente de la República, Dr. Julio Herrera y Obes, quien manifestaba que “el gobierno tiene y tendrá siempre y es necesario y conveniente que lo tenga, una poderosa y legítima influencia en la designación de los candidatos del partido gobernante, y entonces de lo que puede acusársele es del buen o mal uso que haga de esa influencia directriz, pero no de que la ejerza, y mucho menos podrá decirse racionalmente que el ejercicio de esa facultad importe el despojo del derecho electoral de los ciudadanos”.
Ante la suposición que las posiciones antagónicas harían triunfador a De León por un voto, se pensó, por parte de los oficialistas, atraer algún votante del bando contrario. Se tornaron estériles las gestiones que en ese sentido hiciera Vicente Falco, pues los “melognistas” estaban firmes en la voluntad sufragante por De León.
Por lo tanto, desde la Jefatura Política (de Policía), a cargo interinamente del coronel Ricardo Estevan por licencia del titular coronel Salvador Larrobla, se recurrió a una treta bien urdida y solapada que, según J. M. Fernández Saldaña “revelaba un mefistofélico ingenio”.
LA INGENIOSA TRETA
La noche del sábado 3 de enero de 1893 -víspera de la elección- entró a la Confitería y Café “Central” de Melchor Beeger, ubicado en la calle 18 de Julio y Cebollatí (hoy Florencio Sánchez), un ex guardia civil con fama de pendenciero, llamado Doroteo Agel. Ocupó una mesa y solicitó un café. Se le sirve y protesta porque “está frío”.
Se le sirve otro y ya con mayor vehemencia hizo la misma reclamación, incluso volcando el pocillo.
Así planteadas las cosas intervino el encargado del negocio Arturo García, miembro del Colegio Electoral y ferviente “melognista”, quien de buenas maneras pretendió calmar al exaltado parroquiano, pero casi al unísono ingresó al local “atraído por las voces”, el policía que estaba apostado en la esquina y de inmediato el 2º Vigilante de Serenos, apellidado Coto. Este último dispuso la detención del descontrolado cliente, ordenando a gritos que se le pasara “al calabozo para darle la paliza que se merece”.
Aquí terminaron, aparentemente, las cosas.
“HAY QUE ESPERAR EL PARTE”
Los concurrentes al bar quedaron comentando el suceso y se insistía que la trascendencia dada por los agentes policiales intervinientes había sido una exageración.
Uno de los presentes, Nicolás Del Puerto -amigo de García- le sugirió concurriera éste a la Comisaría para “explicar lo sucedido y evitar algún exceso sin fundamento”.
Arturo García lo consideró oportuno y se dirigió a la Comisaría, contigua al edificio de la Jefatura, por la calle Solís (hoy Franklin D. Roosevelt). Pidió hablar con el comisario. Se le dijo que esperara porque el jerarca no estaba.
El oficial encargado de la guardia no tardaría en llegar -nunca llegó- y el escribiente consideró que “había que esperar el parte”.
Todo fue una dilación que terminó por convencer a García que, arribado allí por razones humanitarias, terminaba detenido.
Recién al otro día -domingo- al mediodía, Arturo García recobró la libertad. Se le dieron corteses explicaciones y se le rogó disculpas, pero a esa hora el Colegio Elector ya se había reunido y proclamado al candidato oficial.
En los días siguientes hubo escandalosas protestas a las que contestó el reintegrado Jefe Político coronel Larrobla diciendo: “La policía ignoraba el carácter de elector que investía Arturo García, por otra parte, no lo había hecho valer en ningún momento…”.
Después de este episodio el coronel Estevan llegó a ser ascendido al grado de General y de ahí en más se le llamó con el mote de “café frío”.
Oribe Pereira Parada
