Es una emoción humana que, de tanto en tanto, irrumpe para recordarnos que la rutina puede romperse con una sorpresa genuina. Una alegría sencilla surge al ver que el devenir de los acontecimientos -tan previsible en apariencia- reserva aún algún giro inesperado, algún descubrimiento que vale la pena celebrar.
Por estos días, el sistema político departamental de Lavalleja está experimentando precisamente eso: un descubrimiento tardío, pero valioso, del norte del departamento. Con honestidad poco habitual, algunos jerarcas han confesado sin ruborizarse que les encantó conocer el balneario de Averías, sobre el río Cebollatí. Lo dicen a texto expreso, como quien comparte una experiencia que los ha conmovido de verdad.
La Constitución no exige mucho para ser jerarca departamental: basta con ser mayor de 18 años. Pero hay obligaciones que, aunque no estén en letra de molde, son imprescindibles para gobernar con legitimidad: conocer de verdad el departamento que se administra. No alcanza con recorrer Minas o firmar resoluciones desde la oficina; el territorio incluye rincones periféricos como el noreste, limítrofe con Rocha, donde el Cebollatí se ensancha en playas de arenas finas que acompañan al bañista durante kilómetros, con bosque nativo y un paisaje placentero pero inestable. El caudal depende del régimen hídrico y las necesidades de riego del arroz; la prioridad histórica ha sido la producción agropecuaria, no el turismo. Por eso este potencial quedó latente tanto tiempo.
Pero Averías -o Diecinueve de Junio (19 de Junio), como se conoce oficialmente al pequeño pueblo de pocas decenas de habitantes permanentes, muchos jubilados que eligen su tranquilidad- es mucho más que un balneario estacional. Ubicado en el km 273 de la ruta 14, es un espacio de memoria y resistencia humana que no se puede ignorar al hablar de conocer el departamento.
No hay que olvidar la obra del padre Antonio Clavé en el lugar. Durante años, este sacerdote dedicó tiempo y energía al camping de Averías, trabajando con grupos de jóvenes en encuentros, formación y convivencia. Radioaficionados y visitantes recuerdan aún sus actividades, un testimonio de cómo la pastoral rural transformó un sitio aislado en un punto de referencia comunitario y espiritual. Su labor dejó una impronta imborrable, especialmente entre generaciones que encontraron allí no solo recreación, sino orientación y sentido.
Tampoco se puede pasar por alto el trabajo artístico de Tomás Cacheiro, el ceramista de Treinta y Tres considerado uno de los mejores del Uruguay. Destituido de la enseñanza en 1976 durante la dictadura, eligió refugiarse en Paso Averías, a orillas del Cebollatí. Allí, viviendo de la pesca y un pequeño huerto, encontró en el monte y el río una fuente inagotable de inspiración. Su obra -de fuerte conexión telúrica, homenajeada en exposiciones como la del Museo de Historia del Arte- fusiona lo artesanal con lo profundo.
Y está la situación actual del pequeño pueblo 19 de Junio: un paraje rural sereno, de encuentro para comunidades vecinas de José Pedro Varela, Treinta y Tres o Lascano, con tradiciones arraigadas pero carencias visibles. Infraestructura limitada, dependencia del caudal para el balneario, escasa promoción pese al potencial. No es un pueblo fantasma, sino uno que vive a media luz en el mapa departamental, esperando integración: accesos mejores, servicios básicos, señalización, sin perder su esencia auténtica.
Exigir que las autoridades conozcan el departamento implica reconocer estas dimensiones. No basta con maravillarse ante el río o las playas; hay que incorporar la historia viva: la del padre Antonio y su compromiso con la juventud, la de Cacheiro y su refugio creativo, la realidad de un pueblo pequeño que sobrevive con dignidad pero pide ser parte del proyecto departamental. Solo así el “descubrimiento” será completo, no superficial.
Que las visitas recientes -incluyendo al coordinador de Juntas Locales y a la directora de Turismo- marquen un antes y un después. Que el entusiasmo se traduzca en acciones concretas: infraestructura, articulación con Rocha para potenciar el corredor del Cebollatí, políticas que respeten el régimen hídrico sin sacrificar el turismo incipiente. Porque un departamento se gobierna conociendo no solo sus paisajes, sino sus memorias y sus habitantes. Lavalleja no es solo Minas o los cerros; es también Averías, el Cebollatí en su tramo más amplio, los palmares y las comunidades que esperan integración.
Ojalá este reconocimiento sincero impulse políticas que honren ese legado y fortalezcan el presente de 19 de Junio. El lugar lo merece; su gente, también.
Pablo Melgar
