Una reflexión sobre el Capítulo V y la Conclusión de «Magnífica Humanidad», de León XIV
El Capítulo V y la Conclusión de “Magnífica Humanidad”, de León XIV, nos presentan un tema de enorme actualidad y profundidad.
Por la extensión y la riqueza de sus planteamientos, hemos decidido abordarlo en dos entregas, con el propósito de poder detenernos en algunas de las cuestiones que más interpelan nuestra realidad social.
La pregunta que atraviesa estas páginas es sencilla, pero decisiva: ¿qué tipo de sociedad y de humanidad estamos construyendo?
Vivimos una época marcada por la inteligencia artificial, las nuevas tecnologías, las redes sociales y profundas transformaciones en nuestras formas de comunicarnos y relacionarnos. Pero detrás de todos estos cambios tecnológicos existe una cuestión mucho más importante: ¿qué hacemos con nuestra humanidad?
León XIV plantea un desafío que va mucho más allá de la tecnología.
Nos invita a reconocer dos caminos posibles: una cultura del poder, basada en la imposición, la confrontación, la polarización y la lógica del enemigo; y una civilización del amor, fundada en la dignidad de cada persona, la justicia, la solidaridad, el diálogo y el cuidado del otro.
Y esto no es algo que suceda solamente en las grandes decisiones políticas o internacionales. También está presente en nuestra vida cotidiana.
Lo vemos cuando quien piensa diferente deja de ser considerado un interlocutor y pasa a convertirse en un enemigo.
Lo vemos en las redes sociales, donde muchas veces una opinión diferente provoca insultos y descalificaciones.
Lo vemos en la política, en las familias, en los ámbitos laborales y también, dolorosamente, dentro de algunas comunidades.
Pensar diferente no debería convertirnos en enemigos.
Una sociedad verdaderamente democrática necesita recuperar la capacidad de convivir con quien no piensa como nosotros. Defender nuestras convicciones no significa destruir la dignidad de quien piensa diferente.
También las palabras pueden ser instrumentos de violencia. Una mentira, una descalificación o un mensaje agresivo pueden multiplicarse rápidamente y generar nuevas divisiones.
Por eso necesitamos aprender nuevamente a desarmar las palabras, utilizando el lenguaje no para herir, sino para construir puentes.
Hay, además, otra pregunta que no podemos esquivar: ¿a qué dolores nos estamos acostumbrando?
A la pobreza, a la soledad, a las adicciones, a la violencia, a las familias fracturadas, a los jóvenes sin oportunidades, a las personas que viven en situación de calle, a los ancianos que pasan demasiado tiempo solos. Existe el riesgo de que aquello que debería conmovernos termine formando parte del paisaje cotidiano.
Una sociedad comienza a perder humanidad cuando el sufrimiento de los demás deja de interpelarnos.
Por eso es necesario recuperar el rostro concreto de las personas. No hablar solamente de “los pobres”, “los jóvenes”, “los ancianos”, “los migrantes” o “las víctimas”. Detrás de cada realidad hay un nombre, una historia, una familia, una esperanza y muchas veces una herida.
También necesitamos superar el llamado “falso realismo” de quienes afirman que nada puede cambiar: “Siempre fue así”, “No se puede hacer nada”, “La violencia es inevitable”.
Reconocer las dificultades de nuestra realidad no significa resignarnos a ellas.
Tal vez no podamos transformar el mundo entero, pero sí podemos transformar el pequeño espacio que habitamos.
Podemos escuchar.
Podemos acompañar.
Podemos educar.
Podemos tender un puente.
Podemos acercarnos a quien está solo.
Podemos evitar una palabra de odio.
Podemos recuperar una relación rota.
Los grandes cambios sociales también comienzan con pequeños gestos cuando esos gestos se convierten en una forma de vivir.
Finalmente, León XIV nos recuerda que la paz no puede reducirse a la ausencia de conflictos. La paz necesita justicia. No podemos hablar de una sociedad verdaderamente pacífica mientras existan personas que sienten que no tienen oportunidades, familias que no pueden vivir dignamente o sectores enteros que quedan al margen.
Por eso la civilización del amor no es una expresión ingenua ni sentimental. Es un verdadero proyecto social. Supone justicia, educación, trabajo digno, oportunidades, solidaridad, participación y cuidado de quienes se encuentran en situaciones de mayor vulnerabilidad.
En esta primera parte hemos querido detenernos especialmente en el desafío de pasar de la confrontación al encuentro, de la descalificación al diálogo, de la indiferencia a la compasión y de la cultura del poder a una cultura capaz de reconocer la dignidad del otro.
La segunda parte estará dedicada a profundizar en la propuesta de construir una sociedad basada en el diálogo, la fraternidad, la responsabilidad compartida y la esperanza.
Porque este tema es demasiado importante como para reducirlo a unas pocas líneas.
Necesitamos pensarlo, conversarlo y, sobre todo, preguntarnos qué podemos hacer cada uno de nosotros para que la sociedad en la que vivimos sea menos violenta, menos individualista y más humana.
La civilización del amor no comienza mañana ni depende únicamente de quienes tienen responsabilidades públicas. Comienza hoy, en nuestras palabras, en nuestras decisiones y en la manera en que miramos al otro.
Que Dios los bendiga y nos concede una semana teniendo en cuenta que Cristo es nuestra paz.
Pbro. Fernando Pereira Chaparro
Cura párroco de la Parroquia “Santa Teresita”
