Nació en Grimaldi, Provincia de Consenza, Calabria, el 2 de julio de 1823. Sus padres, Catalina Alba y Joaquín Amantea eran naturales de esa Provincia. Por aquella época la carrera de las armas o el sacerdocio eran las opciones más frecuentes en la juventud calabresa. Es así que a los 13 años habría ingresado en el Seminario local y a los 25 años de edad se habría ordenado Sacerdote de la Iglesia Católica.
Épocas convulsionadas en la península itálica. Divergencias y luchas de carácter religioso entre la Iglesia Católica, la masonería, los carbonarios, el protestantismo, etcétera.
Intentos separatistas que tendrán su final cuando Cavour, con Garibaldi y Mazzini, consolidan la unidad italiana, en 1871.
Genaro Amantea habría llegado a las costas del Río de la Plata siendo aún muy joven. Ello alentó la creencia que no fuera sacerdote, que habría obtenido una sotana y se hiciera pasar por tal. Lo real es que antes de llegar a Minas (1860) estuvo en la Parroquia de Treinta y Tres, aunque no exista documentación fehaciente de esto.
Por entonces era Párroco de Minas el Pbro. Raimundo Costa. En el año 1873, Amantea estuvo de encargado parroquial por unos meses, hasta que le suplió en la función el Pbro. Dr. Aniceto Moreno. Se sucederán otros sacerdotes animando el caminar de la Parroquia y junto a ellos el padre Genaro dio testimonio de fe, esperanza y caridad.
Cultivó una relación muy estrecha con el también italiano Pbro. José De Luca, que fuera Párroco de Minas desde 1891 hasta 1906.
EL CURA Y SU LEYENDA
El recalar de Genaro Amantea en Minas estuvo secundado por innumerables especulaciones sobre su persona. Debajo de su sotana se sabía estaba armado. ¿Por qué? ¿Tendría enemigos? ¿Qué lo llevó a abandonar su Italia natal? ¿Escapaba de alguien o algo? Y así se sucedieron interpretaciones y especulaciones.
Hasta se llegó a pensar que habría cometido un delito allende los mares y estaba armado permanentemente por desconfianza y temor que se le viniera a pedir cuentas…
Era de trato afable pero no intimista. Cuerpo robusto con ademanes un tanto oscos. Con conductas “diferentes” a los sacerdotes del momento y los que habían pasado por la Parroquia de Minas.
Recorría constantemente la campaña, llevado el mensaje cristiano de su profesión (sacramentos de bautismo, confesión, casamiento, catequesis) y a su vez prodigaba conocimientos prácticos de trabajo agrícola y pecuario.
En 1875 creó su propia granja que fue establecimiento modelo para la época. Paralelamente trabajó un tambo, en las proximidades del actual Barrio Las Delicias, sobre la actual calle Gral. De la Llana, en el que extremaba la higiene del producto adoptando la modalidad de comercializar la leche en botellas, considerado por los vecinos una “excentricidad del cura…”. Hoy lo veríamos como un adelantado para la época.
La actividad empresarial del Padre Genaro Amantea le significó acumular un interesante capital que invirtió en la compra de inmuebles (terrenos y casas) que al final de sus días fueron avalados en varios miles de pesos de la época.
Su particular modo de vida, en ocasiones nada vinculante con el sacerdocio católico, y la fortuna económica que acumuló, fueron aspectos de su radicación minuana que alentó leyendas, comentarios adversos, simpatías e interrogantes.
LAS POSECIONES Y GENEROSIDAD DE AMANTEA
Poseía terrenos que a su muerte legó para bien de la comunidad. Por ejemplo, el actual Parque Rodó de Minas (inicialmente llamado Parque Brasil). Poseía una casa en las proximidades de la Iglesia minuana, adquirió un campo en el paraje “El Perdido” donde construyó una casa fortificada (para mayor comentario de la comunidad minuana) donde se afincó. Construcción sólida en piedra, con miradores y troneras en sus esquinas, fortaleza inusual para el lugar.
Todos los días, al caer la tarde, se dirigía a su fortín particular y no volvía al centro poblado hasta el otro día. Algo menos de cinco kilómetros era la distancia. Desde esa cima tenía una amplia y despejada visión de varios kilómetros a la redonda. Una forma de prever su defensa, si fuera necesaria.
¿Por qué el cura no vivía en Minas? ¿Por qué una casona fortificada en lo alto de un cerro que pasó a llamarse popularmente “El Cerro del Cura”? ¿Cuál era su estilo de vida intramuros?
Preguntas que aún hoy persisten y alientan la leyenda en torno a este italiano que bien puede considerarse un “cura gaucho”.
EL LEGADO MATERIAL Y CLERICAL
Amigo de los pobres. Su fortuna la testó a los más carenciados. Legó 7.000 pesos para la construcción de una sala o pabellón del Hospital local, la que hoy lleva su nombre.
Loteó una extensa área, por entonces suburbana, para facilitar la radicación de vecinos y hoy es un populoso barrio llamado “Barrio Amantea”. Destinó 6 hectáreas de terreno próximos a los corrales de abasto para un parque y paseo público (el Parque Rodó, ya mencionado).
Hubo también legados personalizados en gente que le fueron significativos, importantes, trascendentes, y que cobijaron descendencia, producto de la impronta vital de este italiano tan activo como polémico.
Por otra parte catequizó con una sencilla modalidad. Carismático, firme en actitudes y gestos para con la feligresía. Responsable con sus deberes clericales.
Sus 25 años en suelo minuano tuvieron una particularidad: las horas diurnas eran enteramente para la iglesia y el trabajo; la noche, en la soledad de su fortaleza, era otra realidad, la de una persona inexpugnable para sus contemporáneos.
El sacerdote Genaro Amantea falleció el 12 de enero 1905. Sus restos actualmente descansan en la Cripta de la Catedral de la Inmaculada Concepción de Minas, junto a Obispos y Sacerdotes que, como él, ejercieron su ministerio en las sierras minuanas.
El “Cerro del Cura” se eleva en el círculo orográfico minuano y en él se perpetúa la memoria de Genaro Amantea, el calabrés que protagonizó todo un tiempo en la comarca.
Oribe Pereira Parada
