Mientras en Minas se mira al cielo con una mezcla de resignación y esperanza, esperando que llueva lo suficiente como para aliviar la angustia, las autoridades decidieron hablarle a la gente. Pero no lo hicieron desde la información, ni desde la rendición de cuentas. Eligieron otro camino: el de la fe.
La pieza publicitaria que comenzó a circular en las últimas horas, firmada por el Ministerio de Ambiente y OSE, no es un mensaje técnico ni sanitario. Es, en esencia, un relato simbólico. Una construcción que apela más a lo emocional que a lo racional, más a la devoción que a la explicación.
El spot abre con la catedral de Minas en una caída de sol. No es un recurso inocente. Hay allí una elevación deliberada, una invitación a mirar hacia arriba, a aceptar que lo que ocurre está, de algún modo, más allá de nosotros. Lo que sigue refuerza esa idea: una voz femenina suave, casi maternal, acompañada de sonidos de pájaros y una música tenue que roza lo sensorial.
“Minas es único por su entorno natural y su gente, pero el clima nos desafía cada vez más”.
Ahí está el primer movimiento. El problema no es humano, es climático. No hay responsables identificables, no hay decisiones cuestionables, no hay planificación que revisar. Hay clima. Una entidad abstracta, inasible, imposible de interpelar. El mensaje no intenta explicar, intenta desplazar.
Luego viene la legitimación: “hemos tomado todas las medidas a nuestro alcance”. ¿Cuáles? No se dice. ¿Cuándo? Tampoco. ¿Con qué resultados? Menos aún. El ciudadano queda reducido a un acto de fe: creer. Creer que se hizo todo lo posible. Creer que no había alternativas. Creer que el desenlace era inevitable.
Y finalmente, el giro más previsible: la responsabilidad se traslada. “Ahora la situación requiere el compromiso de toda nuestra gente”. El agua, que “siempre nos dio todo”, ahora “necesita que la cuidemos”. La personificación del recurso no es casual. Funciona como cierre moral de un relato donde el Estado ya cumplió y ahora es la sociedad la que debe responder.
El problema es que la realidad no es un relato.
La pieza omite referencias centrales para cualquier minuano. No aparece la Represa “Maggiolo”, eje concreto del sistema y símbolo tangible del problema. En su lugar, se cuelan imágenes que ni siquiera corresponden al territorio inmediato. Ese desanclaje no es solo un error estético: es un síntoma de desconexión.
El tono afectuoso, casi de súplica, tampoco es ingenuo. La voz no ordena, no advierte, no informa. Pide. Como una madre que busca evitar el conflicto. Pero en medio de una crisis de agua potable, lo que se espera de las autoridades no es contención emocional: es claridad, responsabilidad y, sobre todo, respuestas.
Porque mientras se construyen estos relatos, la realidad avanza. Minas enfrenta una situación más delicada que en 2023. No hay anuncios concretos de inversión local. No hay un plan visible. Sí hay, en cambio, decisiones como el cierre del parque de la represa, que impiden incluso observar el estado real de la situación.
Y en paralelo, el foco parece estar puesto en otra obra, en otro territorio, en otra prioridad.
El resultado es un mensaje que no busca informar ni asumir responsabilidades. Busca otra cosa: amortiguar. Bajar la temperatura social. Evitar el enojo. Administrar el malestar.
Pero el agua no se administra con simbolismo. Se administra con obras, con planificación y con decisiones que puedan ser explicadas sin recurrir a la fe. Minas no necesita relatos. Necesita respuestas.
Pablo Melgar
