La llamada Guerra Grande, epopeya político-militar que transformó a Montevideo en una «Nueva Troya» -al decir de Alejandro Dumas en su novela histórica ambientada en este conflicto- dio lugar a un asedio que se inició cuando lo ejércitos del Gral. Manuel Oribe se instalaron en el Cerrito, en febrero de 1843, hasta la paz firmada en octubre de 1851.
Durante ese tiempo, dentro de los sobrios y portentosos muros que delimitaban la ciudad-puerto, se mantuvo una vida pautada por la particularidad que cada vecino montevideano experimentaba con impotencia el cercenamiento de sus posibilidades de socialización, de contacto normal y efectivo con la cultura europea. Y, a su vez, imposibilitado de hacer las funciones de órgano civilizador con una acción de expansión hacia la masa rural -cual modo generado en el coloniaje- incidiendo en los medios de conformación social primitiva, hereditaria y, en algunos casos, feudalista.
La lucha militar atentó contra la unidad histórica y política de ambas márgenes del «río ancho como mar».
El conflicto tuvo su hecho más significativo en el Sitio de Montevideo y ello se constituyó, para los integrantes de la sociedad montevideana de la época, en una razón de unión e intervención disidida, pasando a ser protagonistas de los sucesos obligados por el momento.
EL IMPULSO DE DOÑA BERNARDINA
Apenas dos meses de iniciado el sitio, el general argentino José Ma. Paz, que tenía a su cargo la defensa de la metrópolis, vislumbra la necesidad del aporte femenino en pro de solucionar múltiples dificultades que se vivían intramuros. Con esa intención escribe a doña Bernardina Fragoso, esposa de don Frutos Rivera -caudillo colorado, ex presidente de la República y comprometido con la guerra- solicitándole procurara hacer tomar conciencia a las damas orientales de la conveniencia de prestar auxilios sanitarios y espirituales a los heridos que eran trasladados a Montevideo para su atención y curación.
Fiel a sus antecedentes de mujer de decisiones patrióticas, doña Bernardina reúne, el 23 de marzo de 1843, a dieciséis féminas para formar la «Sociedad Filantrópica de Damas Orientales».
Las matronas reunidas confieren la presidencia a la propia Bernardina, adjudicándose los restantes cargos de la novel Sociedad entre Dolores Vidal de Pereira, vice presidenta; Ma. Antonia Agell de Hocquart, tesorera; Josefa Lamas de Vázquez, secretaria; Ma. Josefa Álamo de Suárez, Josefa Areta de Cavaillon, Matilde Durán, Cipriana Herrera de Núñez, María Quevedo de Lafone, Teresa Conded de Pérez, Isabel Navia de Rucker, Ramona Luna de Correa, Belén Silveira de Estévez, Manuela Belaustegui de Bustamante, Joaqueina Navia de Tonkinson y Petrona Reboledo de Buxareo, vocales.
DAMAS ORIENTALES VITALES Y SOLIDARIAS
La primera tarea que se adjudicó la «Sociedad Filantrópica de Damas Orientales» fue la instalación y mantenimiento de un Hospital para la asistencia de heridos por la guerra.
Las gestiones para recaudar fondos e implementar el referido hospicio se iniciaron de inmediato y el 7 de abril se abrieron las puertas de la casona que sirvió de sede para internación y curación de los combatientes de la Defensa. La actividad se prolongó hasta el 23 de diciembre del 46, fecha en que finalizaron los servicios del Hospital «por no existir en aquellos instantes más de cinco heridos y todos convalecientes».
En total fueron atendidos ochocientos heridos, de los que seiscientos fueron curados. Se gastó casi 24.000 pesos, quedando una deuda de 750 pesos en la Botica de Fermín Yeregui. Es del caso señalar que esta cifra era inferior al valor de la utilería del Hospital.
Al cese de sus actividades de auxilio médico la «Sociedad Filantrópica de Damas Orientales» se abocó, con el mismo afán altruista, al incentivo de la educación infantil.
En definitiva, esta benemérita Sociedad ha quedado registrada en las páginas más emotivas y puras de nuestra historia nacional. Un grupo femenino que significó no sólo la presencia de la mujer en una contienda larga y triste, sino que la «Sociedad Filantrópica de Damas Orientales» ha sido ilustrativa de la vitalidad de una generación que fue hacedora de la Patria.
Oribe Pereira Parada
