La elección de José Antonio Kast como presidente de Chile marca un punto de inflexión nítido en el ciclo político trasandino. No tanto por la novedad del liderazgo -Kast es una figura conocida, persistente, largamente incubada- sino por lo que su victoria simboliza: El cierre de una etapa de experimentación política y la reapertura de una expectativa clásica en la sociedad chilena, la del orden como condición del progreso.
Durante cuatro años, Chile vivió un deterioro persistente de la seguridad pública, una expansión inédita del narcotráfico y una sensación de pérdida de control estatal que contrastó con su historia reciente. La asonada de octubre, sus derivaciones institucionales y una pandemia mal digerida aceleraron un proceso de desconfianza ciudadana que terminó por expresarse en las urnas.
El resultado es claro: Ser pinochetista ya no funciona como veto automático para ganar una elección nacional. Ese dato, incómodo para muchos, dice más sobre el presente que sobre el pasado.
Kast no es Javier Milei, y conviene subrayarlo. No propone una revolución liberal ni una demolición del Estado. Su programa es más tradicional, incluso áspero: autoridad, seguridad, pragmatismo económico y una reducción explícita de la corrección política.
Tampoco cultiva un vínculo personal con Donald Trump ni se presenta como outsider.
Su apuesta es otra: restaurar el control y desde allí reactivar el crecimiento.
El desafío será mayúsculo. La ofensiva contra el narcotráfico promete ser frontal y probablemente violenta.
El conflicto en el Sur, con grupos que reivindican causas indígenas por vías armadas, difícilmente encuentre una salida dialogada en esta nueva etapa.
La migración irregular, convertida en uno de los principales factores de tensión social, exigirá decisiones rápidas y costos políticos inevitables.
Pero el mandato recibido es explícito: Ya no se aguanta más.
En el plano económico, en cambio, el horizonte es más despejado. La tradicional apertura chilena al mundo no solo se mantendrá, sino que se reforzará con un sesgo más pragmático y menos ideológico.
Si el nuevo gobierno logra estabilizar el frente interno, el crecimiento puede volver a ser una realidad tangible y no una promesa aplazada.
Para Uruguay, este reinicio de la democracia chilena abre una oportunidad. Más allá de afinidades partidarias, Santiago vuelve a ser un socio previsible, orientado al comercio, a la inversión y a una inserción internacional activa.
Profundizar los vínculos bilaterales, coordinar posiciones regionales y aprender de los aciertos -y errores- de este nuevo ciclo debería ser parte de una agenda inteligente.
Chile eligió orden con la expectativa de crecimiento. No es una garantía, pero sí una señal.
En tiempos de incertidumbre regional, no es poco.
Pablo Melgar
