Por Kevin Martínez
Hay historias que sobreviven durante siglos porque seguimos encontrando algo nuestro en ellas. Cambian las costumbres, las ciudades, la manera de relacionarnos y hasta las palabras que usamos para hablar de nuestros sentimientos, pero algunas preguntas permanecen. Qué hacemos con el amor cuando las cosas no salen como esperábamos, cómo seguimos después de una pérdida o por qué ciertas personas dejan una marca en nosotros incluso cuando ya no están.
La obra de Anne Carson, la escritora canadiense que recibió el Premio Nobel de Literatura 2026, vuelve una y otra vez sobre esas preguntas.
Carson nació en Toronto en 1950 y dedicó buena parte de su vida al estudio de la literatura clásica. Es poeta, ensayista, traductora y una lectora apasionada de los antiguos griegos. Sin embargo, acercarse a sus libros no exige tener conocimientos de mitología ni recordar las clases de literatura del liceo. Sus textos parten de materiales antiguos, pero llegan a lugares bastante cercanos: el deseo, los celos, la soledad, el duelo y las dificultades de entender lo que sentimos.
La Academia Sueca reconoció su capacidad para crear nuevas formas literarias a partir de un diálogo libre con la tradición clásica. No es un detalle menor. Carson escribe poesía, pero también incorpora prosa, traducciones, reflexiones filosóficas y recursos visuales. Sus libros no siempre entran cómodamente en una categoría y tampoco parecen demasiado preocupados por hacerlo. En tiempos en que todo tiende a ordenarse en etiquetas, hay algo interesante en una escritora que prefiere moverse entre ellas.
Uno de sus libros más conocidos es “Autobiografía de Rojo”, publicado originalmente en 1998. Carson recupera la figura de Gerión, un personaje de la mitología griega, y construye una novela en verso alrededor de su crecimiento y su relación con Hércules. La historia antigua se transforma en un relato sobre el descubrimiento del amor, la identidad y el dolor que puede aparecer cuando uno se enamora de alguien que no siente lo mismo.
Lo interesante es que Carson no necesita borrar el mito para acercarlo al presente. Hace lo contrario: conserva parte de su extrañeza y encuentra allí una experiencia reconocible. Gerión puede pertenecer a una historia transmitida durante siglos, pero sus sentimientos no resultan tan lejanos. Cualquiera que alguna vez haya querido a alguien sin saber muy bien qué hacer con ese sentimiento puede encontrar en esas páginas alguna forma de reconocimiento.
En “La belleza del marido”, otro de sus títulos destacados, la escritora se detiene en el amor y la infidelidad. El libro, subtitulado como un ensayo ficticio en 29 tangos, recorre las contradicciones de una relación y la dificultad de aceptar que una persona a la que amamos también puede lastimarnos. Carson no presenta el amor como una experiencia necesariamente hermosa ni se apresura a ofrecer una moraleja. Le interesa, sobre todo, esa zona incómoda en la que los sentimientos no obedecen a lo que creemos conveniente.
También está “Nox”, un libro construido alrededor de la muerte de su hermano. Allí, la traducción de un poema del autor latino Catulo funciona como punto de partida para elaborar el duelo. Los recuerdos, las fotografías y los fragmentos de escritura se mezclan en una obra que se parece tanto a un libro como a una caja en la que alguien guardó aquello que no quería perder. Hay pérdidas que no se pueden explicar demasiado. A veces, lo único que queda es volver sobre los rastros de una vida e intentar reconstruir algo con ellos.
Quizás por eso la obra de Carson encuentra una de sus mayores fortalezas en lo que no termina de resolver. Sus libros dejan preguntas abiertas, cambian de dirección y obligan al lector a detenerse. No siempre son lecturas fáciles, pero tampoco parece que la facilidad sea su objetivo. Hay una diferencia entre escribir de manera complicada para demostrar conocimiento y explorar una experiencia que, por su propia naturaleza, resulta difícil de poner en palabras.
Su relación con los clásicos también invita a pensar qué hacemos hoy con una tradición cultural que durante mucho tiempo se presentó como un conjunto de obras intocables. Carson lee, traduce y discute esos textos. No los conserva bajo una vitrina: los pone en movimiento. En sus manos, la Grecia antigua puede conversar con la experiencia contemporánea sin que ninguna de las dos pierda su particularidad.
El Nobel vuelve a poner su nombre en circulación y probablemente acerque sus libros a lectores que hasta ahora no habían oído hablar de ella. Como sucede con otros premios importantes, queda por ver cuánto dura esa curiosidad una vez que desaparecen los titulares. El reconocimiento abre una puerta, pero después hay que hacer algo bastante más sencillo y, a la vez, más personal: sentarse a leer.
Se puede empezar por “Autobiografía de Rojo”, por “La belleza del marido” o por “Nox”. No hace falta leerlos en un orden determinado ni comprender cada referencia para encontrar algo valioso. A veces alcanza con una imagen, una frase o una situación que nos recuerda una experiencia propia.
La literatura no siempre tiene que darnos respuestas. También puede servir para mirar de otra manera algo que creíamos conocer, o para descubrir que una pregunta que parecía exclusivamente nuestra lleva siglos acompañando a otras personas. Anne Carson trabaja precisamente en ese territorio. Sus libros cruzan épocas y géneros, pero vuelven sobre una inquietud muy humana: cuánto nos cuesta entender lo que sentimos y qué podemos hacer con aquello que no conseguimos explicar.
