Leandro Gómez dejó hace tiempo de ser una figura en disputa partidaria. Ya no pertenece a la galería de héroes del Partido Nacional, sino a un panteón más amplio y más exigente: el de la iconografía republicana. Ese desplazamiento no es menor. Marca el momento en que la historia deja de ser trinchera y pasa a ser patrimonio común. Cuando eso ocurre, caen también las coartadas: ya nadie se esfuerza seriamente en justificar a Venancio Flores ni al almirante Tamandaré, y mucho menos a personajes cuya trayectoria solo admite un nombre —criminal— como Gregorio Suárez o el tristemente célebre Pancho Belén.
Paysandú ya no admite zonas grises. Lo ocurrido allí fue heroísmo, y lo fue frente a una agresión externa articulada con complicidades internas. Discutirlo hoy no es audacia intelectual; es negacionismo histórico. Lo que sí queda por hacer —y no es poco— es estudiar más y mejor a Leandro Gómez, despojarlo del bronce declamatorio y comprenderlo en toda su densidad política, militar y moral.
En ese camino, algunos historiadores cumplieron un papel decisivo. Rodolfo González Rissotto dio una batalla larga y áspera para que el Uruguay académico, urbano y progresista reconociera a Gómez como lo que fue: un defensor de la soberanía, no un caudillo romántico de manual escolar. Esa batalla, contra el prejuicio y la comodidad intelectual, fue ganada. No ocurrió lo mismo por inercia ni por moda, sino por acumulación de evidencia, rigor y persistencia.
Algo similar sucedió —aunque desde otra tradición ideológica— con la reivindicación de Bernardo Berro. Carlos Machado, desde el socialismo nacional, tuvo la lucidez de reconocer en Berro a uno de los jefes de Estado más relevantes que tuvo la República. Ese gesto no fue concesión: fue comprensión histórica. La historia nacional avanza cuando se anima a romper compartimentos estancos y a leer a sus protagonistas fuera de la lógica amigo-enemigo.
Si ese aprendizaje sirve para algo, debería servir para mirar el presente con menos ingenuidad. Porque la historia no se repite, pero rima. Los invasores imperiales ya no responden a una familia real ni marchan bajo el estandarte explícito de Don Pedro II. Hoy se presentan bajo formas más amables, más diplomáticas, más progresistas incluso. El abrazo ya no es de conquista, sino de oso. Y la casa imperialista, ayer y hoy, sigue teniendo el mismo nombre: Itamaraty.
Conviene decirlo sin rodeos: en el tablero regional actual, Don Pedro II se llama Lula da Silva. No se trata de demonizar personas, sino de entender políticas de Estado, intereses permanentes y vocaciones históricas de hegemonía. Brasil no improvisa su política exterior; la ejecuta con paciencia, continuidad y un sentido claro de su lugar en el mundo. Uruguay, en cambio, suele confundirse entre la cordialidad y la subordinación.
Quedan cuadros por llenar en este fresco incómodo. ¿Quiénes son hoy los Tamandaré, los Venancio Flores, los Gregorio Suárez de nuestro tiempo? ¿Dónde operan, con qué discursos se legitiman, a quiénes sirven? No para señalarlos con el dedo, sino para comprenderlos. Porque la peor derrota no es militar ni diplomática: es intelectual.
Leandro Gómez no defendió Paysandú para que el país aprendiera a callar frente al poder. Su legado no es solo memoria; es advertencia. Y, sobre todo, es una invitación a pensar el presente con la misma seriedad con la que, por fin, empezamos a pensar el pasado.
