En Argentina volvió a discutirse, con más insistencia que en otros momentos, el viejo proyecto del puente Buenos Aires–Colonia.
La idea, que forma parte del catálogo regional de iniciativas que fracasan antes de nacer, reaparece ahora al calor del nuevo clima económico generado por las reformas del gobierno de Javier Milei.
Después de años de restricciones y señales contradictorias, empieza a llegar inversión. Es un giro incipiente, pero suficiente para despertar expectativas.
Para Uruguay, la comparación es incómoda.
Durante casi dos décadas, mientras Argentina se replegaba sobre sí misma, el país captó capitales como pocas veces en su historia reciente. Se construyó todo lo que había que construir: carreteras, energía, puertos, forestación, vivienda, logística.
Ese ciclo se agotó.
Hoy hay recursos, estabilidad y liquidez, pero no existe una sola obra grande en ejecución. El mapa de inversión se redujo a proyectos menores, útiles pero insuficientes para mover la actividad.
La ausencia de una agenda de infraestructura de escala tiene efectos concretos. El primero es la pérdida de dinamismo en sectores vinculados a la obra pública y privada. El segundo es más silencioso: la falta de horizonte.
En varios departamentos del interior, la situación se traduce en incertidumbre.
Lavalleja es un caso visible. Ante la expectativa de una buena temporada turística y la constatación de que localmente no habrá derrame, parte de su mano de obra calificada y no calificada ya explora oportunidades en Maldonado, donde la demanda de personal crece con más decisión.
Ese movimiento confirma que el mercado laboral está ajustándose sin que exista una política que lo ordene. No se trata solo de empleo de temporada: es la señal de un territorio que no encuentra un proyecto propio y depende cada vez más de lo que ocurra en la costa.
La percepción de la población es clara: el gobierno no está ofreciendo instrumentos para retener actividad ni para generar alternativas. Se espera una obra, una señal, un proyecto, algo que permita prever el año próximo con cierto margen.
En el oficialismo hay explicaciones variadas pero ninguna contundente. Se mencionan la prudencia fiscal, la cautela del sector privado y la prioridad en completar obras ya adjudicadas.
Nada de eso despeja la sensación de pausa.
Uruguay tiene condiciones para atraer otra ola de inversión, pero carece del impulso estratégico que caracterizó a ciclos anteriores.
Que reaparezca la idea del puente no es un dato menor. Funciona como recordatorio de lo que significa pensar en grande, incluso cuando la probabilidad de concreción es baja.
La economía uruguaya no enfrenta un problema de recursos; enfrenta un problema de dirección. Y en este contexto, la falta de dirección se siente con más fuerza en el interior, donde la quietud se transforma rápidamente en pérdida de oportunidades.
Pablo Melgar
