Cuando la gesta artiguista estaba siendo acuciada por la invasión que Portugal efectuó a la Provincia Oriental, el minuano Juan Antonio Lavalleja protagonizó una arriesgada acción -propia de su indomable coraje- que le costó ser prisionero de las fuerzas intrusas. Fue el 3 de abril de 1818, en el paraje Puntas de Valentín.
En principio los portugueses lo llevaron a Villa Mercedes, conscientes de la importancia que tenía el cautivo, y proyectaban trasladarlo a una prisión en Rio de Janeiro, junto con otros patriotas artiguistas que habían sido capturados en distintas circunstancias.
La noticia se propaló entre los integrantes del ejército y también en las familias orientales. Es así que se enteró su joven esposa Ana Monterroso, que junto a la hermana de Lavalleja, Francisca, estaban en seguro refugio en el pueblo entrerriano Arroyo de la China.
Ana, de carácter firme y decidido, encaró a la jefatura portuguesa y obtuvo permiso para acompañar a su marido en el infortunio que se le deparaba en tierras norteñas. La esposa del héroe y la cuñada fueron evacuadas de la Villa de Concepción del Uruguay para unirse a Juan Antonio.
Se les embarcó en la goleta “Oriental”, bajo la inmediata custodia del Teniente Jacinto Roque Sena Pereira.
“Los azares de la guerra -anota el historiador Ariosto Fernández- le ofrecían al bravo soldado de Artigas, en esa amarga hora de sus luchas por la patria, la intima e inesperada alegría de reunirse con Doña Ana y su hermana mayor. Tiempo hacía que don Juan Antonio andaba lejos de su hogar, entregado de cuerpo y alma a los ajetreos de la contienda bélica”.
También Isidoro De María hace referencia a este tan elocuente hecho de permitir que Lavalleja se pudiera acompañar por Ana y Francisca. Y describe el encuentro así: “Lavalleja estaba muy distante de esperar la agradable sorpresa que iba a hacer palpitar su corazón de gozo, lo mismo que las viajeras que descansaban en la cámara. Sena Pereira ordenó que le saquen los grillos al prisionero y libre de ellos lo conducen a la cámara. Allí se encuentra inesperadamente con su esposa y con su hermana, que la casualidad feliz los ha reunido. Al oír la voz de Lavalleja, las señoras que se hallaban recostadas en su cámara, descienden de él sorprendidas y se arrojan con la alegría consiguiente en sus brazos”.
Llegados a Rio de Janeiro, Lavalleja es confinado a bordo de un pontón y más tarde se le trasladó a la prisión militar de Isla das Cobras, que es un promontorio que se destaca en la bahía de Guanabara, a poca distancia de la ribera.
Los lusitanos tenían bien claro la importancia del prisionero para las fuerzas orientales y especialmente la consideración personal que de él tenía el general Artigas.
En cierta oportunidad el Príncipe Regente Pedro I le hizo conducir a su presencia para ofrecerle la libertad, con la condición que debía retirarse algunos años a Norte América, hasta que en la Provincia Cisplatina se calmaran los acontecimientos. Incluso le ofreció un sueldo de coronel del ejército portugués, para su manutención en el continente del Norte. Lavalleja en gesto patriótico y firme, agradeció el ofrecimiento y manifestó preferir seguir la misma suerte que sus compañeros de infortunio.
El comentario de un contemporáneo habla que luego de esa entrevista el Príncipe quedó agradado de su persona “dispensándole consideraciones especiales hasta prestarse deferente a ser padrino de pila de la primera hija que dio a luz bajo aquel cielo la señora del futuro general Lavalleja…”.
LOS ALUMBRAMIENTOS EN GUANABARA
Acompañando el cautiverio de su esposo, Ana Monterroso gestó su primer embarazo y el 13 de abril de 1819 alumbró una niña a quien bautizaron con el nombre de Rosaura.
La ceremonia fue en el modesto oratorio de la nau “Rainha de Portugal”, en la bahía de Guanabara, que oficiaba de prisión para Lavalleja y otros patriotas. Ofició el sacerdote Pedro Antonio Gonçalvez Vaz de Acevedo y fueron Padrinos el Conde de Viana y su esposa doña Ana de Castello Branco, por lo que el ofrecimiento de padrinazgo por parte de Pedro I -si es que existió- no fue cristalizado.
El Conde de Vianna, que era Vice Almirante de la escuadra lusitana y jefe de Flota en el Rio de la Plata, cultivó una amistad estrecha con el prisionero y ello pone de manifiesto el prestigio y simpatía que distinguían a Lavalleja entre los mandos y sociedad portuguesa afincada en Brasil.
En la Isla das Cobras, Lavalleja, con la incipiente familia, cumplió la etapa final de su prisión. Allí pudo gozar de franquicias en su régimen de reclusión. Mayor movilidad y menos aislamiento que favoreció la convivencia.
A poco tiempo hubo otro nacimiento. Fue el de Elvira que llegó el 3 de junio de 1820. Bautizada en la Iglesia Matriz de São José do Rio de Janeiro. Sus padrinos fueron el hijo del Conde de Vianna, el joven Juan Manuel de Menezes y Castello Branco y la propia hermana de Lavalleja, doña Francisca.
Estas dos hijas, sin dudas, fueron para Ana y Juan Antonio emociones muy íntimas que alivianaron la cruda realidad que vivían por sus decididos compromisos con la patria y su causa libertaria.
En aquellas horas de angustias y dificultades, Rosaura y Elvira fueron esperanzas…
Cuando cesa la prisión de Lavalleja, Ana estaba gestando su tercer embarazo y parió a bordo de la embarcación que los traía al Rio de la Plata. Fue a la altura de la Isla de Lobos. Un varón que se llamó Egidio.
El matrimonio tuvo en total doce hijos. A los nacimientos en Brasil se sumaron en territorio oriental y otros en Argentina, según el momento que estuvieran protagonizando en sus vidas, que fue mezcla de existencia militar, prisión, destierros, responsabilidades de gobierno y escasos momentos de sosiego.
Oribe Pereira Parada
