En el ruido vital del carnaval uruguayo -ese territorio donde la sátira convive con la tradición y el exceso se tolera como parte del rito- nadie sensato espera que una murga actúe como tribunal moral ni que produzca una obra destinada a trascender su tiempo y su lugar.
Su naturaleza es otra: es local, efímera, profundamente montevideana, y deliberadamente exagerada. Pero esa licencia cultural no la exime de toda responsabilidad.
Cuando un texto bordea el racismo -o directamente lo cruza- la discusión deja de ser estética y se vuelve política y ética.
¿A quién le importa? Al uruguayo medio, aparentemente, poco. Salvo, claro está, a quienes cargan el agravio en carne propia. Predomina una forma de pragmatismo resignado: siempre fue así, no hay que exagerar, es carnaval. Como si la historia no hubiera demostrado hasta el cansancio que ciertas palabras, aun dichas en broma, tienen consecuencias.
Pretender que un juego retórico resulte inocuo para quien vive la herida es desconocer la experiencia humana más elemental.
Este razonamiento, extendido en capas amplias de la sociedad, revela un conformismo cultural que privilegia el arraigo por sobre la reflexión. La murga vale lo que los uruguayos deciden que valga: es un espejo de sus virtudes y de sus zonas oscuras, un ritual que cohesiona generaciones y refuerza identidades.
De ahí surge también la defensa automática: “si no te gusta, no mires”, “si no te gusta, jabón”. Una concepción de la libertad de expresión reducida a consigna, que roza el nihilismo y desestima cualquier exigencia de calidad o responsabilidad.
Pero nada de eso resiste un análisis serio.
No se puede organizar la vida colectiva bajo la premisa de que todo vale si se ampara en la tradición. El agravio no se ennoblece por ser folklórico, ni la indiferencia se transforma en virtud por repetirse año tras año.
Reconocer algún valor trascendente en un verso racista no solo es un error cultural; es una forma de naturalizar el prejuicio y de consolidar divisiones que luego la sociedad dice querer superar.
Al mismo tiempo, la censura como respuesta sería un retroceso igual de preocupante. Atenta contra la esencia de la libertad de expresión y empobrece el debate público.
El equilibrio no es complejo de formular, aunque sí de practicar: condenar el contenido ofensivo sin sofocar la voz. El que insulta inicia la cadena; el que responde con ironía impostada -ese “vivo” que cree desactivar la crítica con astucia- solo prolonga una discusión estéril.
El juicio verdadero llegará después, cuando el tiempo decante estas expresiones y la historia cultural evalúe esta fórmula musical populista, a menudo rudimentaria, atravesada por asimetrías y, no pocas veces, por el mal gusto.
A pesar de todo, la censura no es una opción aceptable.
El carnaval, si ha de evolucionar, debe hacerlo desde adentro. No por decreto ni por prohibición, sino por la presión de una sociedad que se anime a exigir más de sus tradiciones: no solo risa fácil, sino inteligencia; no solo licencia, sino respeto.
En un Uruguay que aspira a cierta madurez cívica, la murga puede ser un puente de comprensión.
Convertirla en un abismo es una decisión -y una responsabilidad- colectiva.
Pablo Melgar
