En tiempos como los actuales, cuando la erosión del orden establecido ya dejó de ser un fenómeno para convertirse en paisaje, vale la pena detenerse un instante y observar el rumbo.
A lo largo de la historia, las civilizaciones se han distinguido por algo más que su poderío militar o su arquitectura: Se han definido por su capacidad para comprender el tiempo que les toca vivir.
Las élites intelectuales, de ayer y de hoy, se han medido por esa destreza.
Hace más de un siglo comenzó el lento retroceso del cristianismo como fuerza constitutiva de Occidente. Lo que durante dos milenios funcionó como la columna vertebral cultural -con todas sus variantes, católicas, protestantes y ortodoxas- empezó a ceder frente a un fenómeno curioso: El ascenso de una doctrina que, aun declarándose atea, terminó pareciéndose demasiado a una religión.
El marxismo -con su fundador muerto, su canon de textos, su horizonte de redención y su maquinaria de redistribución obligatoria- se convirtió para muchos en una fe sustitutiva.
Karl Marx escribió en 1844 “die Religion ist das Opium des Volkes”, la religión es el opio de los pueblos. Para sus discípulos, aquella sentencia se transformó en consigna y en programa político.
Desde entonces, buena parte del pensamiento occidental se dedicó a desmontar el andamiaje cultural del cristianismo. Y lo consiguió: Cambió prácticas, redefinió valores, adaptó lenguajes. Europa y el mundo latino siguieron obedientemente nuevos rumbos.
Pero la revolución nunca logró perforar otras murallas: el islam, el hinduismo, el budismo o el taoísmo se mantuvieron incólumes. El retroceso no fue global: fue cristiano. Y hoy, en esa retirada, emergen otras cosmovisiones que llenan un vacío evidente.
Hace más de dos décadas, el recordado Dr. Raúl Alonso lo explicaba en las calles de Minas con un aforismo que parecía exagerado, pero hoy suena premonitorio: “El mundo cambió cuando el hombre dejó de levantar templos y empezó a construir estadios”.
Occidente, secularizado y descreído, necesitó nuevos altares. Y los encontró -no del todo por casualidad- en el fútbol.
Los estadios europeos se convirtieron en catedrales contemporáneas.
El rito es simple: Jóvenes habilidosos en pantalón corto, reverenciados por multitudes, envían un mensaje que atraviesa fronteras donde la democracia, la libertad o el humanismo nunca entraron.
En los rincones más remotos del planeta conocen a Messi o a Maradona, pero pocas veces al Papa. El fútbol es, hoy, el único producto cultural occidental que penetra sin permiso en territorios impermeables a Occidente.
Para los defensores de la libertad y la democracia -cada vez más acorralados por los detractores del mercado, los apóstoles del estatismo y los cruzados contra la laicidad- esta constatación debería ser motivo de reflexión.
Mientras los discursos políticos se estrellan contra desconfianzas crecientes, el fútbol sigue abriéndose paso con naturalidad.
Es paradójico -y acaso irónico- que el estandarte más vigoroso de Occidente esté hoy en manos de la vapuleada FIFA. Una organización que, con razón, acumula críticas y sospechas; que se maneja con dirigentes que muchas veces pasaron del club de barrio a los salones del poder mundial sin escalas, arrastrando prontuarios o conductas difíciles de defender.
Y, sin embargo, de esa amalgama improbable de personajes surgirá buena parte de la cultura global que consumirá la humanidad del futuro.
La neurociencia agrega una pieza más al rompecabezas: Estudios de primer nivel demuestran que el fanatismo político, el fervor religioso y la devoción futbolística activan las mismas zonas del cerebro.
Cambian las liturgias, no la estructura mental que las produce.
Quizás, entonces, la gran paradoja de nuestro tiempo sea esta: Mientras Occidente discute su identidad y revisa cada una de sus bases culturales, el fútbol -ese invento trivial convertido en fenómeno planetario- se encamina sin oposición a ocupar el lugar que antes tuvieron los templos y las ideologías.
En un mundo que ya no se reconoce en sus tradiciones, puede que la pelota sea, finalmente, el último relato común.
No está claro si el fútbol salvará a Occidente.
Pero sí parece evidente que es lo único occidental que todavía consigue fascinar al resto del planeta.
Y en tiempos de confusión, no es poca cosa.
Pablo Melgar
