Por Pablo Melgar
Desde Tacuarembó hasta Caracas, Eber Da Rosa recorrió casi todos los cargos que un nacionalista del interior puede ocupar: edil, diputado, intendente dos veces, senador y, al final, embajador en una Venezuela que ya se desmoronaba.
En esta entrevista habla sin eufemismos sobre el poder real del interior, el liderazgo casi sin rivales de Luis Lacalle Pou, la sorprendente continuidad económica entre blancos y frenteamplistas, y un clima de polarización que, advierte, se parece peligrosamente al de antes de 1973. Un diagnóstico incómodo de quien conoce el Partido Nacional desde adentro y desde el Norte del país.
SERRANO: Usted empezó la política en Tacuarembó después de recibirse de abogado en 1983. ¿Cómo fue ese arranque?
Eber Da Rosa: Me recibí y me fui directo a ejercer. En plena apertura democrática empecé a militar. Fui edil cinco años, profesor de Historia Universal en los Jesuitas y después, en 1989, diputado. Dentro del sublema le gané a Antonio Chiesa por 59 votos. Llevé poco más de seis mil. Les dije a los compañeros: “Estos votos son de Carlos Julio Pereira y de Saúl Posada. Ahora tengo que demostrar que puedo capitalizarlos”. Trabajé mucho, pero el departamento te reclama presencia. Si después me votaron intendente, es porque no debí ser un mal diputado.
S.: Usted ganó la Intendencia de Tacuarembó a Sergio Chiesa y después la reelección. ¿Qué significó ese consolidarse?
E.DR.: Le gané por mil votos la primera vez y por trescientos y pico la reelección. Ahí me consolidé. Cuando terminé el segundo período empezamos a reunirnos unos cuantos intendentes: Domingo Burgueño, Héctor Leis, Walter Campanella, Jorge Larrañaga y yo. El motor fue la reforma de 1996 y el Fondo de Desarrollo del Interior. Reclamábamos algo muy simple: descentralizar la caja. Si no, la descentralización es mentira. Queríamos un país menos unitario y menos montevideano.
S.: Leis parece haber sido el pensador del grupo. ¿Qué representaba para usted?
E.DR.: Era un verdadero hombre de Estado. La Intendencia de Lavalleja le quedaba chica. Armaba documentos, preparaba exposiciones. Cuando se enfermó me dijo: “Gordo, vos tenés un período más. Sos el que tiene que ponerle pienso a la cosa”. Larrañaga era el carisma; yo debía poner el contenido. Después se nos murieron Burgueño y Leis. Quedamos prácticamente Larrañaga y yo sosteniendo el palo de la carpa.
S.: ¿Cree usted que hace falta que el candidato a presidente sea de Montevideo?
E.DR.: No. Hubiera sido muy bueno que Larrañaga llegara. Un hombre del Norte dirigiendo el país cambia la mirada. El interior tiene otra cultura: somos pocos, nos conocemos, tenemos otra visión de lo que se hizo bien y mal. El montevideano suele creer que él es el país. El problema es que el dirigente del interior lleva pocos votos y muchas veces no tiene discurso seductor para Montevideo. Larrañaga hacía esfuerzos enormes por adaptarse y dejaba de ser Larrañaga. Eso le costó la cumbre.
S.: El Partido Nacional tiene su fuerza en el interior y, sin embargo, los dos últimos presidentes fueron del área metropolitana. ¿Cómo se explica esa contradicción?
E.DR.: Es una gran contradicción. El montevideano arma la estructura en la capital y usa al caudillito del interior como junta votos. Nosotros fuimos unos quijotes. Me acuerdo cuando el Departamento de Estado invitó a Larrañaga. Íbamos por los pasillos y me pone el brazo y dice: “¿Qué te parece, gordo? Desde la Patria Gaucha a la OEA”. Fue un acto de arrojo para mostrar que el interior existe.
S.: Hoy el partido tiene un único líder. ¿Cómo se llegó a este dominio de Lacalle Pou?
E.DR: Luis Alberto (Lacalle Herrera) me llamó un día al Directorio y me anunció que renunciaba a todo y que no sería candidato. Quedé atónito. Al domingo siguiente lo confirmó. Nadie sabía que tenía bajo la manga a su hijo. Lacalle Pou tiene una capacidad de comunicación extraordinaria. La pandemia, que pudo ser su tumba, fue su plataforma. Pero el partido tiene un problema serio: no hay otra cabeza. Nadie disputa. Todo el mundo piensa en listas al Senado o en diputaciones. Nadie se anima a pensar en la Presidencia.
S.: ¿No considera usted que hace falta repensar la oferta programática?
E.DR: Hubiera sido mejor un llamado selectivo a cuarenta o cincuenta dirigentes de todo el país, en un ámbito cerrado, para discutir en serio. Muchas cabezas piensan más que una sola. Hoy todos esperan qué hace Lacalle Pou.
S.: En lo económico, ¿hay tanta diferencia entre la coalición y el Frente Amplio de Orsi-Oddone?
E.DR.: Alguien dijo que Oddone podría haber sido ministro de Lacalle Pou y Arbeleche de Orsi. No está lejos. La economía uruguaya viene de la línea de las “tres A” más una O: Azucena, Astori, Arbeleche y Oddone. Se cuidó la macro -tenemos inflación controlada, un mérito enorme- pero se descuidó la micro. El país necesita crecer. Sin crecimiento, las políticas sociales se descomponen. El próximo gobierno, sea quien sea, va a tener que buscar consensos para tomar medidas que nadie se anima a tomar solo: racionalizar gastos e impuestos para estimular la inversión. Por eso valoré el discurso de Lacalle Pou en la Plaza Matriz. Buscó unidad. Este país no resiste más insultos y tiradas de piedra. La gente cree cada vez menos en los políticos. Me preocupa un clima que se parece al de antes del año 1973.
S.: ¿Qué observa usted en las nuevas generaciones del interior?
E.DR.: Mucha prescindencia. “No me jodas con la política, son todos chantas”. Los partidos y los medios tienen responsabilidad. Hoy es rarísimo escuchar a un político del interior en la radio. Y en las departamentales casi no hay actividad más allá de algún asado o marcha a caballo. Hay que transmitir conceptos a una gente que ya no es blanca, colorada ni frenteamplista de hueso.
S.: ¿Qué le dejó la experiencia en Venezuela?
E.DR.: Una experiencia intensa. Había comentado alguna vez que me gustaría terminar como embajador. Me tocó Caracas, conflictiva y sin libertades. Creo que Maduro aceptó el embajador uruguayo porque necesitaba mostrar imagen democrática. Fui entre 2023 y 2024. Después designaron a otra persona que casi no llegó a ejercer: Maduro expulsó a varios embajadores latinoamericanos. Prácticamente fui el último.
S.: ¿Y ahora, qué planes tiene?
E.DR.: Estoy jubilado, en mi casa, siguiendo todo de cerca. Participo en Tacuarembó aconsejando y apoyando, pero sin aspiraciones de protagonismo. El interior sigue necesitando voz. Y el país, más diálogo y menos ruido.
