En cualquier democracia madura, los relevos en el equipo de gobierno no son anomalías, sino parte del engranaje natural de la administración pública. Presidentes y primeros ministros ajustan sus gabinetes con frecuencia para refrescar ideas, corregir rumbos o simplemente responder a las demandas de la realidad.
Sin embargo, cuando estos movimientos ocurren en un contexto de adversidad múltiple -como el que atraviesa Uruguay al inicio de este 2026-, adquieren un significado más profundo.
Baja en la aprobación popular, tensiones internacionales, tropiezos en áreas de gestión que parecían blindadas y errores que no admiten excusas: este es el telón de fondo contra el que el presidente Yamandú Orsi ha comenzado a rotar piezas en su tablero.
La decisión anunciada ayer respecto a la Caja de Jubilaciones y Pensiones de Profesionales Universitarios (CJPPU) es un ejemplo elocuente. El gobierno optó por retirar a sus dos representantes en el Directorio, luego de que estos respaldaran gastos que, en el actual panorama de restricción fiscal y presiones inflacionarias, resultan inexplicables y hasta imprudentes.
No se trata de un mero ajuste administrativo, sino de una señal clara de que el Ejecutivo no tolerará desviaciones que comprometan la sostenibilidad de instituciones clave. En un país donde la seguridad social es un pilar sensible, este tipo de intervenciones no solo corrigen desaciertos puntuales, sino que restauran algo de confianza en la gestión.
Pero los cambios no se detendrían allí, según trascendidos que circulan en los pasillos del Poder Ejecutivo.
Orsi estaría evaluando la salida de al menos un presidente de una empresa pública de peso y, más llamativamente, de un ministro que, pese a su valor en la estructura estatal, no estaría alineado con las prioridades del momento.
Estos movimientos, si se concretan, subrayarían una virtud poco común en la política: la humildad. Reconocer que personas de confianza, elegidas con el mejor criterio inicial, no están funcionando en sus roles exige una autocrítica que no todos los líderes están dispuestos a asumir.
En el caso de Orsi, proveniente de una tradición política donde la lealtad partidaria a veces prima sobre la eficacia, este giro podría interpretarse como un paso hacia una gobernanza más pragmática.
Desde una perspectiva democrática, estos relevos son no solo aceptables, sino recomendables. La rotación de funcionarios evita el estancamiento, inyecta nuevas perspectivas y obliga a una evaluación constante de resultados.
En un Uruguay que enfrenta desafíos globales -como la volatilidad en los mercados internacionales o las disputas comerciales en el MERCOSUR- y problemas domésticos acumulados, como la lentitud en la recuperación post-pandemia o las tensiones en el sistema educativo, aferrarse a un equipo ineficaz sería un lujo que el país no puede permitirse.
Sin embargo, no todo es positivo: cambios frecuentes pueden generar inestabilidad, desmotivar a los cuadros técnicos y alimentar percepciones de debilidad en el liderazgo. Orsi deberá equilibrar esta renovación con una comunicación clara, explicando no solo los “porqués” de las salidas, sino también los objetivos de los ingresos.
Al final del día, estos ajustes revelan la condición humana inherente a la política: nadie es infalible, ni siquiera un presidente respaldado por una coalición amplia como el Frente Amplio.
Si Orsi logra transformar esta humildad en un instrumento de mejor gobernanza, podría revertir la caída en su popularidad y fortalecer la democracia uruguaya. De lo contrario, los relevos se verán como meros parches en un barco que hace agua.
El tiempo, como siempre, será el juez implacable.
Pablo Melgar
