Hay palabras que, cuando se repiten demasiado, empiezan a vaciarse. Transparencia es una de ellas. Se la invoca como un mantra, como si nombrarla alcanzara para conjurar prácticas viejas y desigualdades persistentes. Pero en política —y sobre todo en la gestión concreta— las palabras no se comen. Y la gente, conviene recordarlo, tampoco vive de consignas.
Se anuncia el fin de las designaciones “a dedo” y se promete un sistema más justo, incluso sorteos y concursos, para acceder a changas y contratos. La idea suena moderna, casi higiénica. Sin embargo, llega tarde. Muy tarde. Porque los mejores cargos ya fueron entregados. Los puestos estables, los que aseguran algo más que la subsistencia, ya tienen nombre y apellido. Lo que queda para repartir es el rezago: trabajos precarios, temporales, mal pagos. Una cuarta parte de una canasta básica, si la suerte acompaña.
La apelación al sorteo, en ese contexto, roza lo irónico. ¿Con qué quiniela se define el destino laboral de quienes esperan una oportunidad? ¿Con el Gordo de Fin de Año, con la Revancha de Reyes? ¿En qué ámbito se realizará ese sorteo tan transparente: en una oficina pública o en algún comité pintado de amarillo, donde la neutralidad es más declamada que real?
La pregunta de fondo no es el mecanismo, sino el momento y la coherencia. Porque no alcanza con proclamar reglas nuevas cuando el reparto ya se hizo. No alcanza con hablar de igualdad de oportunidades cuando las oportunidades reales ya fueron asignadas. La transparencia, así planteada, corre el riesgo de convertirse en un decorado: prolijo, discursivo, pero incapaz de modificar la vida cotidiana de quienes esperan trabajo.
Mientras tanto, se insiste en que se están creando condiciones para el desarrollo económico del departamento. Es posible. Pero ese desarrollo, si no se traduce en empleo digno y en ingresos suficientes, queda en el plano de las promesas abstractas. La gente no come transparencia. Come pan, paga cuentas, manda hijos a estudiar, necesita certezas mínimas.
La verdadera prueba de una gestión no está en cómo explica sus procedimientos, sino en qué resultados produce. Y si esos resultados llegan a tiempo. Porque la ilusión de un sorteo justo puede servir para administrar expectativas, pero no reemplaza la urgencia de quienes, hoy, no pueden esperar a que la suerte les sonría.
Viendo lo que se ha visto hasta ahora, la gente se pregunta si está la administración preparada para dar un salto cualitativo como el planteado. Por tanto, ¿está la nueva administración para mostrar algo diferente a lo que se hizo hasta ahora? Ese es el tema.
Pablo Melgar
