Yandira Castro
Cuando se hacen las 12 y las luces se apagan, y suena el primer acorde de La menor, siempre se me pone la piel de gallina. Pero antes de vivirlo como una fiesta propia, como una «minuana» lo viví como turista.
En Diario Serrano nos propusimos estudiar un poco más el impacto de esta fiesta, no solo en la comunidad y sus alrededores, en el turismo y también en la historia. Por eso durante los días previos a la edición número 52 de la Semana de Lavalleja, iremos desenredando algunas miradas de esta fiesta popular, hoy, una de las más importantes del país, pero desde mucho antes, una de las más importantes en el departamento.
UN POCO DE HISTORIA
En el año 1975, cuando se celebra el «año de la orientalidad», la celebración adquirió una relevancia particular. En torno a una idea del coronel Pascual Cirilo, de la división de Ejército IV, se crea «la noche de los fogones». Se realizaba una vigilia colectiva en el cerro Artigas, durante la madrugada del 12 de octubre.
En ese entonces se establecieron los fogones del cerro de Artigas, donde está la estatua ecuestre en homenaje al prócer. En la ladera del cerro se distribuyeron decenas de fogones a la más típica manera oriental, realizados por instituciones de enseñanza, la división del ejército, el propio comité ejecutivo organizador de la Semana de Lavalleja y empresas locales. En cada fogón se desarrollaban actividades folclóricas, tales como cantos, danzas, el típico mate amargo, asado con cuero.
«Con un desfile cívico militar en Minas se inauguró la IV semana de Lavalleja», titulaba el diario El País el 12 de octubre de 1975 y a la hora cero, año tras año, la multitud cantaba, con carácter de himno, A don José, mientras todo quedaba a oscuras, potentes reflectores iluminaban la gigantesca estatua ecuestre que se encontraba en la cima del cerro.
El presidente [de facto] de la República, Aparicio Méndez, recordaba el momento de la siguiente manera en declaraciones a la prensa, «Fui tocado, también por ese amanecer del 12 de octubre con la figura del héroe iluminándose lentamente, encendiéndose como se sigue encendiendo el corazón de los orientales. Mirando aquel perfil contra el cielo iluminado pensaba también, qué gran figura es la de este hombre para que a medida que pasa el tiempo la devoción de su pueblo aumente y acreciente y siga creciendo, creo, indefinidamente».
Los espectáculos siempre se hicieron presentes a lo largo de la historia de esta fiesta.
Iban desde grupos folclóricos, dramatizaciones de la epopeya oriental, fuegos artificiales y espectáculos de luces que apuntaban a la emotividad del espectador. En 1975, mientras las campanas de la iglesia de la ciudad sonaban sin parar, un grupo de «atletas de diversos centros de enseñanza, partían raudos desde la estatua del brigadier general Lavalleja ubicada en la ciudad hasta el monumento Artigas, para encender una llama votiva en el pebetero instalado en el cerro».
En el año 1978 se realizó una suerte de mega espectáculo llamado «La epopeya de los orientales», libretado por el profesor Fernando Octavio Assunção, donde sus realizadores mostraron a miles de personas reunidas en el cerro Artigas, los momentos fundamentales de la historia del Uruguay».
La crónica de la prensa de 1979 hace mención a las dimensiones del desfile cívico militar de aquel año, en el que participaron unos 2.300 escolares representantes de 108 escuelas del departamento de Lavalleja, 2.500 estudiantes de la enseñanza media, 23 bandas rítmicas de liceos de los departamentos del este del país, efectivos militares y sociedades nativistas.
Han pasado por este escenario un enorme número de artistas, tales como Los Baguales, León Gieco, Alejandro Lerner, Patricia Sosa, Los Orilleros, Soledad, Los Nocheros, No te va a Gustar, Santiago Chalar y Santos Inzaurralde, Emiliano Álvarez, Jorge Nasser, A Puro Viento, Carlos Malo, el Chaqueño Palavecino, entre otros de alta talla.
Con el paso del tiempo la «Noche de los Fogones» se consolidó como uno de los momentos centrales de la Semana de Lavalleja. Miles de personas se reúnen en el Cerro Artigas, en un tributo a la figura del General José Artigas, patriarca de la independencia uruguaya y no es casual que el canto A Don Jose finalice con el grito de miles y miles, «¡¡viva la patria, viva!!»
